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Deuda que te quiero deuda

¿Se acuerdan? Uno de los más célebres poemas del granadino Federico García Lorca es su Romance sonámbulo. Verde que te quiero verde, canta el poeta. Deuda que te quiero deuda, clama el Gobierno y la engorda. “Dejando un rastro de lágrimas, dejando un rastro de sangre”, advertirán unos pocos, desconcertados por el abusivo decreto que permite estirar el endeudamiento sin violar el límite constitucionalmente establecido. Y los candidatos hacen mutis. A lo mejor hasta les conviene poder, con otros prestamistas para justificar el mal paso y con mejores (menores) tasas de interés, dejar una puerta abierta al endeudamiento.

Conste que el truco es viejo pero se sigue usando. “Cuando no puedes bajar la fiebre, rompe el termómetro”, aconsejaban algunos galenos impacientes y deseosos de ganar prestigio a costa de la salud de su paciente. “Si te preocupa el endeudamiento, cambia la forma de calcularlo”, dicen los economistas con ganas de obtener el Premio Nobel de la materia de sus amores. Con mayor razón cuando en el vecindario se han ganado el Nobel de la Paz y, a ese, ni con fórceps, se atreven a aspirar. (Tal vez deberían animarse a intentar ser al menos candidatos al Premio Nobel de Química, por haber convertido el poder adquisitivo del dólar en... cualquier cosa menos moneda dura.)

En fin, ojalá por ese camino de las conveniencias a futuro no se les ocurra a los aspirantes a trabajar en el palacio de Carondelet que mejor se gobierna con la actual Ley de Comunicación y que las universidades molestan menos cuando se las tiene del cuello y sin autonomía, y que es saludable para la buena armonía de las funciones del Estado tener una Asamblea sumisa y una administración de justicia ídem y en fin, a buena hora me acabo de despertar.

No hagan caso de ninguna de esas lúgubres predicciones, son producto del sonambulismo provocado por estar mirando lo que pasa en Venezuela y no entender cómo ‘el bravo pueblo’ sigue soportando lo que allí ocurre, mientras las naciones que surgieron de la espada de Bolívar miran para otro lado para evitar ser ofendidas por las babas de algún fanfarrón o por complicidad.

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