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Las despedidas de Correa
Suponer que Moreno solo es una clonación de Correa constituía un error, al igual que lo es pensar que se eligió a un presidente detractor del movimiento correísta y más próximo a los planes de la corriente democrática. Son esperanzadores y en alto grado reveladores los primeros pasos y declaraciones de Moreno, contrariando los mal escondidos afanes de Correa por predominar en un nuevo y disciplinado gobierno. Diez años de absolutismo, diez años de atropellos, empellones y una gama inacabable de agresiones, debieron edificar a un Correa dictatorial y autocrático, acostumbrado a ver en Moreno a su subalterno y obligado seguidor. Al nuevo gobernante le corresponde, entonces, demostrar que ha salido indemne de esa viciada relación y que las expresiones en boga “a rey muerto, rey puesto ”y “el rey ha muerto, viva el rey” responden a una perspectiva cierta, halagüeña, y no ilusoria.
La década correísta debe ser borrada en sus graves negatividades y es deber de Moreno, a corto y mediano plazo, demostrar con hechos que se ha desembarazado y ha librado al país de los lastres exhibidos jactanciosamente como bondades revolucionarias que ahora el Partido Comunista ecuatoriano pretende usufructuar de algún modo aludiendo al “compañero” Moreno como socio de una nueva empresa histórica .
Correa ha dejado una hoja de ruta a través de una agenda repleta de instrucciones, adecuada a sus inocultables pretensiones. Le gustó gobernar con ruido y hoy se despide sembrando inquietudes y conflictos de corte demagógico.
Como contrapartida, Moreno ofrece gobernar dialogando y en paz, sin estridencias, para generar un saludable silencio que nos haga pensar en la anhelada prosperidad del país. No olvidemos que Correa logró silenciar a muchos, recurriendo a la intimidación. Tal silencio lo interpretó como aprobación de sus disparatados alardes ideológicos. Pudo más el temor a la represión dictatorial y malsana que, además, abonó el terreno para que prolifere la corrupción que hoy se grita de boca en boca.
Correa se despide de su amado Carondelet , dejando en él su fantasmal imagen. Una dolencia en la que pocos creen no le impidió decretar indultos cual lacerantes despedidas: mientras Moreno anunciaba luchar sin cuartel, reprimiendo y buscando sancionar a los responsables del microtráfico, Correa liberaba a centenares o quizás miles de “mulas”, cual si fueren víctimas de la sociedad capitalista y de su odiada burguesía y no, como lo son, conscientes instrumentos de un delito atroz y genocida contra la humanidad. Pensó, quizás, que sus afanes proselitistas no habrían tenido mayor resultado si los indultados eran, por ejemplo, indígenas protestantes. Por ello ciegamente indultó a millares de condenados, sin examinar analíticamente sus casos, lanzando a las calles a innumerables maleantes que no tendrán otra opción que reeditar sus fechorías ante la crisis que les cerrará sus puertas.
Su despedida se asemeja a la de un opositor empeñado en dificultar la gestión de un sucesor que apunta a la reunificación nacional. Su ceguera solo contribuirá a la impunidad de delincuentes, al imperio de la inseguridad ciudadana y al egoísta e ilegal quebranto de una gestión gubernamental que no se semejaría a la suya. El “¡ fuera Correa, fuera!” no habría bastado, aunque el país se merezca la fórmula feliz para lograrlo.