Los desafios de las regiones

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Los desafios de las regiones

Al observar las explosiones de innovación y emprendimiento que han tenido ciertas regiones del mundo como Silicon Valley en California, Boston en Estados Unidos, Tel Aviv en Israel, etc., concluimos que el proceso no pasa por decisiones aisladas de uno u otro actor, sino por un articulado enjambre de voluntades. Lo que se ve como éxito es la parte superior del iceberg, pero debajo existen esfuerzos de emprendedores, la academia, los gobiernos (seccionales y a veces nacionales), corporaciones grandes y financistas.

El primer reto es aceptar que tener una alta tasa de emprendimiento temprano, que en el caso de Guayaquil supera el 35 % de la población económicamente activa, no es indicador de innovación; ayuda, sí, porque la actitud es buena, pero lo que genera empleo y crecimiento es “una idea nueva para el mundo”. Ciertamente no nos podemos olvidar de los “empleos de una persona”, pero no nos engañemos, aquello solo apunta a su supervivencia, sin transformar su trabajo para que acceda a la seguridad social, educación o menos aún a la generación de empleo.

De otra parte, las regiones deben estar conscientes de que por sí mismas no controlan las políticas fiscal, laboral, comercial interna y externa, monetaria, o menos aún, las instituciones que nos aseguran la administración transparente de justicia. Es por ello que deben centrarse en lo que controlan, y a través de su eficiente interacción ganar el poder político que les da la presencia relativa en el país, buscando entonces que las políticas públicas se orienten a impulsar a la región y desde luego a través de ello al país.

Guayaquil tiene algunas condiciones para convertirse en un polo de innovación y emprendimiento: cuenta con la mejor universidad en tecnología del país (la Espol), tiene un gobierno seccional con actitud positiva hacia el sector productivo y empieza a ser visible un brote entusiasta de jóvenes trabajando ya en desarrollos de la nueva economía. Tiene también algo muy importante: la actitud de la persona común que ve la prosperidad ganada honradamente como deseable, sin complejos ni vergüenza.