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La decrepitud de los partidos
Hace cincuenta años asistí en Costa Rica a un curso de nueve semanas de duración sobre temas inherentes a la práctica política, invitado por Rodrigo Borja, quien justamente era profesor en ese curso. Fue mi primera experiencia con los textos que luego devendrían en clásicos respecto a Derecho Constitucional, Doctrinas político-económicas, Propaganda política, Historia de las ideas políticas y un largo y grato etcétera.
El curso concluía con un concurso de ensayos que tuve la suerte de ganar. Mi trabajo, titulado Crisis de la democracia en América Latina: sus causas y posibles soluciones, concluía con una aseveración rotunda: No existe democracia en América Latina. ¿Podía entonces estar en crisis lo que no existía? Por supuesto que no. Lo que estaba en crisis eran los instrumentos establecidos para construirla y sostenerla: los partidos políticos.
Esa crisis, medio siglo más tarde, la admite todo el mundo y bien ha hecho Borja en traerla a la memoria de nuestros días.
En efecto, los partidos han dejado de ser el mecanismo mediador entre las aspiraciones populares y los gobiernos, entre el análisis de la situación política y la sugerencia de medidas para remediarla. Su degeneración los ha llevado a constituirse en membrete necesario para cumplir los requisitos que las leyes orientadas a protegerlos, reconociendo su debilidad creciente, han sido dictadas por gobiernos que creen en el régimen de partidos. A la fecha, apenas son maquinarias electorales. Sus sedes comienzan a funcionar a poco del inicio de los períodos electorales y cierran, asimismo, poco después.
Con ese desprestigio por delante, la tendencia a reemplazar a los partidos políticos, en sus estructuras tradicionales, por grandes conglomerados ciudadanos como Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) en México o la misma PAIS de los inicios, en el Ecuador, creo que merece ser analizada con seriedad.
Borja sostiene que la única forma de expresión de los pueblos se da a través de los partidos. Creo yo que entonces, si eso va a seguir siendo así, los partidos están obligados a someterse a profundas revisiones en su funcionamiento.