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Diario Expreso Ecuador

Elecciones seccionales 2026

Las elecciones en Ecuador son un fraude desde el día uno: las críticas al adelanto electoral

La campaña que ya empezó es la apoteosis de un concepto de política que nada tiene que ver, ni remotamente, con el bien común

Adelanto de elecciones decidido por el Gobierno marca el inicio del proceso electoral en Ecuador.

Adelanto de elecciones decidido por el Gobierno marca el inicio del proceso electoral en Ecuador.Angelo Chamba / EXPRESO

Roberto Aguilar
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Lo que debes saber

  • Adelanto de elecciones decidido por el Gobierno marca el inicio del proceso electoral en Ecuador.
  • Críticas apuntan al CNE por cambiar cronograma electoral bajo argumento del Fenómeno de El Niño.
  • Proceso electoral avanza pese a denuncias de presión institucional y eliminación de adversarios políticos.

Ni el ilegítimo adelanto de las elecciones dispuesto por el gobierno a través de un Consejo Nacional Electoral a su servicio; ni la evidente cancha inclinada que ese organismo le garantiza al oficialismo; ni la sostenida y resuelta frialdad con la que éste ha venido sistemáticamente sacando del camino, uno tras otro, a sus principales adversarios; ni el clima de intimidación y miedo impuesto por la Fiscalía y los organismos de control (SRI, Contraloría, superintendencias…) en todos los campos de actividad del país, desde los jueces bajo ataque hasta el periodismo, o lo que queda de él, pasando por los gremios profesionales, la academia, los empresarios…

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Ninguno de estos síntomas de descomposición democrática irremediable ha logrado disuadir a la sociedad política ecuatoriana de encarrilarse con naturalidad pasmosa en el tren electoral dispuesto por el gobierno. 

Esta semana, como si nada ocurriera, con la tontuna despreocupación de toda la vida, empezaron las quinielas, las ruletas de candidatos, el cálculo de probabilidades, las siempre amañadas encuestas, el análisis de estrategias… Como si viviéramos en una democracia normal. 

Vuelve la apoteosis de esa seudociencia llamada “comunicación política”, cuyos sacerdotes predican medias verdades esotéricas diseñadas para satisfacer las necesidades de sus clientes y convertir a la política en un divertido juego de tablero que nada tiene que ver, ni remotamente, con el bien común.

En resumen: arranca un proceso electoral fraudulento desde su origen y el país se embarca en él alegremente. Fraudulento, sí, porque lo primero que se puede decir de estas elecciones es que comienzan con un fraude en toda regla: su arbitrario e ilegítimo adelanto de febrero a noviembre.

Proceso electoral avanza pese a denuncias de presión institucional y eliminación de adversarios políticos.

Proceso electoral avanza pese a denuncias de presión institucional y eliminación de adversarios políticos.Cortesía

Fraude por partida triple.

Primero, porque la ley lo impide: no debiera hacer falta recordar aquel principio según el cual en derecho público se puede hacer sólo aquello que está expresamente permitido, y éste no es el caso.

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Segundo, porque recurre a un pretexto doloso: la manipulación de las fechas del fenómeno de El Niño, que contradice los pronósticos de los organismos meteorológicos más serios del mundo, que no se respalda en ningún criterio científico y, por el contrario, vino acompañado por la renuncia del científico a cargo, el director del INAMHI.

Tercero, porque se justifica en obtusos juegos de palabras (“adelantamos votaciones, no elecciones”) a cargo de una funcionaria, Diana Atamaint, que lleva siete años medrando del poder de turno y cuya perruna obsecuencia la ha convertido en la autoridad electoral perfecta para dos autocracias sucesivas de distinto signo.

Ante la brutal contundencia de los hechos, a los defensores de la estrategia electoral oficialista no les queda sino dos opciones: la fingida candidez o el grosero cinismo. La primera, que nadie se toma en serio, es propia de los medios comprados por o para el gobierno y dice así: qué bueno que el señor presidente adelante las elecciones para protegernos de El Niño, demos gracias. 

La segunda es la postura de los comunicadores políticos del régimen: supone que el verdadero favorecido por el adelanto de las elecciones no es el gobierno sino el correísmo. Esta lectura se presenta revestida de una cierta racionalidad, finge independencia y se vende como análisis. 

Es, por ejemplo, la tesis del comunicador político Carlos Ferrín, que trabaja para Altavoz, falso medio de comunicación que opera a través de redes sociales y depende directamente de los servicios de Inteligencia del gobierno. 

Ferrín casi suena convincente, salvo por un detalle: ningún análisis que resultara perjudicial para el gobierno se publicaría en Altavoz. Por tanto, su independencia es un fraude. En consecuencia, todo lo que dice es encubierta propaganda.

Lo cierto es que la decisión de adelantar las elecciones es una responsabilidad exclusiva del Ejecutivo (el mismo Daniel Noboa se ha referido a ella en primera persona del plural) y no habría sido adoptada si no fuera porque le conviene. 

Los posibles escenarios

Otra cosa es que le puede salir mal, pero en el cálculo del gobierno entran en juego desde la evolución de su curva de popularidad hasta consideraciones sólo conocidas en los círculos estrechos del poder pero no demasiado difíciles de adivinar: los probablemente inevitables apagones de diciembre, por ejemplo.

El cálculo

Entran en juego la evolución de la curva de popularidad del Gobierno hasta consideraciones sólo conocidas en los círculos del poder: los probablemente inevitables apagones de diciembre.

En la conversación nacional que se ha instaurado en el arranque de este período electoral nada de eso importa: el camino hacia las elecciones seccionales de noviembre está empedrado de hechos consumados (situaciones jurídicas consolidadas, que dicen los constitucionalistas filáticos). 

El adelanto del cronograma es uno de ellos. Otro: la eliminación artera de adversarios. El correísmo fue descalificado (ilegalmente, como todo lo demás) por mera denuncia fiscal en el TCE, sin proceso y sin sentencia; Aquiles Álvarez, juzgado dos veces por los mismos hechos, está preso con doble candado; Marcela Aguiñaga y su viceprefecto renunciaron en oscuras circunstancias… Nada de eso, sin embargo, hace parte del debate.

Mientras tanto, el miedo se apodera del país: la Fiscalía persigue a los jueces (ahora también a los medios independientes; en realidad, a quien haga falta); la Contraloría, a la Corte Constitucional y muy pronto a los alcaldes (todo perfectamente legal pero mágicamente oportuno); la Superintendencia de Compañías ocupa éste, el último diario de circulación nacional que se niega a la obsecuencia; la academia mira para otro lado (como siempre); los empresarios enmudecen. 

En una sociedad dividida en compartimientos estancos, regida por la cobardía y el egoísmo, donde cada uno cree que lo que le pasa al vecino no es asunto suyo, las autocracias tienen medio camino recorrido sin mover un dedo. 

La mayoría de gremios empresariales, por ejemplo, viven el espejismo de que la independencia judicial y la libertad de expresión no tienen nada que ver con ellos; cobardes incapaces de ver más allá de su metro cuadrado de beneficios, serían perfectamente nazis si nomás tuvieran la oportunidad de serlo: no es una novedad, ya ocurrió en otros tiempos y otras latitudes.

Escenario

Ante la brutal contundencia de los hechos, a los defensores de la estrategia electoral oficialista no les queda sino dos opciones: la fingida candidez o el grosero cinismo.

Estas son las circunstancias de este país que camina rumbo a un proceso electoral fraudulento fingiendo que todo es perfectamente normal. En las tertulias radiofónicas de la mañana los comunicadores políticos (sacerdotes de la nada) barajan las posibilidades de los rostros que giran en sus ruletas como si el adelanto de elecciones fuera un capricho del destino; como si la eliminación sistemática de los rivales políticos del gobierno fuera un obstáculo imprevisto en el juego de la oca. 

Y mientras las autoridades del gobierno amenazan con destituir a los jueces que fallan en su contra y pretenden alzarse (ladrones en despoblado) con el 40 por ciento de acciones de un periódico que escribe lo que no les gusta leer, todavía tenemos que soportar los ciudadanos (por poner sólo un ejemplo) a un Antonio Tramontana que sale con el cuento de que el único capaz de llenar el vacío de la prefectura es Vicente Auad. ¿¡Vicente qué!? Hay que googlearlo para recordar que fue un mal gobernador y peor viceministro de Gobierno de Noboa. Y ahora, ¿contrató a Tramontana? ¿Y se lo toman en serio? Sí, se lo toman en serio. Y el rostro del tal Auad pasa a ocupar su lugar en la ruleta.

Y los sacerdotes de la comunicación política hablan de la polarización. Alguno (o alguna) sugiere que el triunfo será de quien la evite, de quien no confronte. No se atreve a decir (porque no hay que repetir eslóganes) que se trata de ser pro y no anti, pero esa parece ser otra vez la receta del éxito, es decir, el signo distintivo de la tercera vía (lo que quiera que eso signifique). 

El secreto para las elecciones seccionales

En otras palabras: estas elecciones las ganaría el Noboa del año 23. Para lo que nos pueda servir. Polarización: correísmo versus noboísmo. Membretes sin contenido. Formas de gobierno sin sustancia. 

Cuando precisamente se difuminaron los límites entre ambas formas de autocracia, cuando la situación política nacional es una en la que la institucionalidad está siendo arrasada por el gobierno con la misma (o incluso mayor) eficiencia y dedicación con que lo fue durante el decenio de la revolución ciudadana, vuelven los comunicadores políticos a desenterrar fantasmas y plantear polarizaciones entre autocracias afines.

Ese es el debate. Esa miseria conceptual y cívica es el camino que lleva a las elecciones seccionales, apoteosis de un concepto de política que nada tiene que ver, ni remotamente, con el bien común.

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