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Una decada decadente
Se están cumpliendo diez años de permanencia en la Presidencia de la República, del actual mandatario del Ecuador. Una interpretación jurídica y una reelección han hecho posible un gobierno que, según el punto de vista, podría analizarse como el logro de la deseada estabilidad política, luego de un penoso ciclo de alteraciones de diversa naturaleza o la consagración de una voluntad de ejercicio del poder que, a nombre de un proyecto no siempre respetado por sus autores, intenta seguir manteniéndose en esa condición.
Pero más allá de juzgar intenciones, cabe evaluar resultados. Obviamente, las bondades ya se encargará de destacarlas todo el aparato comunicacional del régimen. Ello no obsta que sea de justicia señalar el entusiasmo con que el Ecuador acogió las manifestaciones iniciales de quienes se comprometieron a realizar una revolución ciudadana a partir de una gran alianza destinada a construir una patria altiva y soberana, con el esfuerzo de una nueva generación de hombres y mujeres de corazones ardientes, mentes lúcidas y manos limpias.
Diez años después, más allá de su sonoridad negativa cabe el título del presente editorial, puesto que el proyecto ha perdido toda la fortaleza inicial al perder su base ética de sustentación. Es así, un proyecto decadente. El fantasma de la ilusión comenzó a evidenciarse en Montecristi, con el atolondramiento en decisiones trascendentes, que debieron ser tomadas luego de una honda e ilustrada reflexión.
En efecto, del vértigo constitucionalista que llevó a plantear un texto destinado a mantenerse por trescientos años se pasó al vértigo de la obra pública, estimulado por las altos precios del crudo, que desbordaron los presupuestos más optimistas y también, lamentablemente, la más desaforada corrupción. No se quiso, desoyendo múltiples recomendaciones que advertían sobre la conocida volatilidad de los precios del petróleo, constituir un fondo para las épocas de caída de los mismos y cuando estas llegaron, se tuvo que enfrentar la crisis con más y más impuestos.
En un país sin confianza en sus élites, que no estuvieron a la altura de las circunstancias, bien cabe establecer que se ha vivido una década decadente, que es obligatorio, con el esfuerzo de todos, lograr superar.