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Curiosidades invernales
Los climatólogos a veces se convierten en “agoreros del desastre”, como cuando el año pasado nos anunciaron los terribles estragos que íbamos a soportar por la presencia de un fenómeno de El Niño que debió ser fuera de serie, con inundaciones terribles y tormentas escabrosas que, de seguro, harían al católico más pecador arrepentirse de sus culpas, poniéndose de rodillas frente al santo de su devoción. Sin embargo, dicha temporada invernal pasó sin mayores contratiempos y más bien en algunos sectores del país los agricultores se quejaron de una mortal sequía.
Pero como dicen que “la justicia, como las desgracias, tarda pero llega”, a lo mejor se trató solamente de una demora en esto de que San Pedro, santo al que se le han adjudicado las funciones pluviosas, abra sus llaves sin compasión sobre todos los humanos de esta parte del mundo y empiece “a llover sobre mojado” -como dice el viejo refrán que se lo oíamos repetir a nuestros abuelos cuando las aguas se salían de su cauce-, y este año sí nos toque usar con frecuencia paraguas y encauchados. Y, lo más grave, soportar inundaciones, incluso casa adentro, como para que echemos las peores maldiciones sobre el elemento cuya fórmula química es H2O y que sirve, también y sobre todo, para quitarnos la sed y la suciedad. No hay duda de que en todo se da, lo que se dice, las dos caras de la misma moneda.
Ya en las regiones andina y amazónica parte de sus habitantes han sufrido los rigores del copioso llanto de las inciertas nubes. Una que otra pared o casa se han venido abajo, se han interrumpido carreteras, ciertos cerros se han derrumbado como castillos de arena, entre otras molestias y peligros. Ojalá la cosa no llegue a mayores, aunque ya estamos un poco curados de espanto quienes a lo largo de tantos años de vida hemos soportado inviernos rigurosos que nos han empapado hasta el tuétano, como suele decirse.
Por supuesto que el agua tiene sus enemigos crónicos, como son los que emiten muy malos olores porque no tienen la buena costumbre de bañarse cotidianamente. O los adoradores de Baco, que prefieren las bebidas alcohólicas, que alegran y nos hacen decir barbaridades, en lugar de contentarse con un límpido vaso de agua. O de cola, por lo menos.
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