Cruzada de Trump para que EE.UU. vuelva a ser blanco
Veamos si pueden adivinar quién es el autor de esta cita: “La Unión Americana siente que es un Estado nórdico-germano y de ninguna manera una mescolanza internacional de pueblos. Esto queda demostrado por sus cuotas de inmigración... a escandinavos... luego ingleses y finalmente alemanes se les ha concedido el mayor continente”. Esas palabras fueron escritas por Adolf Hitler en 1928, en un elogio a las leyes de inmigración estadounidenses de ese momento. Sin duda, no deberían invocarse a la ligera las referencias a Hitler. A pesar de todas las cosas desagradables que genera la Casa Blanca del presidente Donald Trump, especialmente su denigración de Haití, El Salvador y los Estados africanos como “agujeros de mierda”, Estados Unidos sigue estando muy lejos de asemejarse a la Alemania nazi. Trump es un autoritario irreflexivo y una involución a los viejos días de la supremacía blanca en EE. UU., pero muchos más controles institucionales tendrían que fallar antes de que pudiera provocar el fin de la democracia norteamericana. E incluso con respecto a la política de inmigración, existe una profunda diferencia entre las deportaciones masivas de la administración Trump, por más crueles y estúpidas que sean, y los asesinatos en masa. De todas maneras, cada vez se ha vuelto más evidente que la elección estadounidense de 2016 instaló a un presidente ignorante y racista en la Casa Blanca. Hitler encontró inspiración en la ley inmigratoria estadounidense de 1924, conocida como Ley Johnson-Reed- que había erigido barreras abiertamente racistas a la inmigración sobre la base de un sistema de “cuota nacional”. También durante el período del llamado Peligro Amarillo a fines del siglo XIX, EE. UU. implementó un conjunto de leyes antiasiáticas, hasta una ley de 1882 que directamente prohibía la inmigración de China. Y allá por 1790, el Congreso de EE. UU. reveló su sesgo racista al ofrecer la naturalización de “cualquier extranjero, que sea una persona libre y blanca”. En retrospectiva, es importante recordar que no fue hasta la Ley de Inmigración y Nacionalidad de EE. UU. de 1965 que el país comenzó a alejarse de los peores aspectos de su pasado racista. Y, como deja en claro la presidencia de Trump, ese pasado todavía no se ha superado de manera permanente. Los recientes comentarios vulgares de Trump sobre la inmigración deberían impulsar a todos los norteamericanos a recordar que Hitler y sus colaboradores nazis alguna vez fueron grandes admiradores de EE. UU. Y a medida que nos acercamos al primer aniversario de la asunción del mando de Trump, sus políticas de inmigración deberían dar que pensar a quienes se consuelan con la idea de que la democracia estadounidense todavía no ha sido fatalmente menoscabada. Que esta sobreviva o no, no es el patrón con el cual juzgar la presidencia de Trump. Después de todo, para los machos blancos por lo menos, la democracia estadounidense siempre ha estado viva y sana, aun cuando se sancionaron leyes de inmigración racistas en 1790, a fines del siglo XIX y en los años 1920. La historia de EE. UU. de racismo sancionado democráticamente es demasiado sórdida como para que la gente sea complaciente con los comentarios recientes y las políticas inmigratorias tóxicas de Trump. Los norteamericanos que aman a su país deberían sentir pena al leer lo que dijo Hitler al respecto en 1928. Y deberían sentirse consternados al oír a su presidente añorar abiertamente una política inmigratoria que pondría al pueblo nórdico al frente de la fila una vez más