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Combatir la impudicia

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Se ha reinstalado la Función de Transparencia y Control Social. Era necesario el reinicio de sus actividades para que pueda designar delegados destinados a integrar la comisión que elegirá la nueva Corte Constitucional, y proponer nombres para la elección de los magistrados.

La verdad es que no se ha sentido su inactividad. Asumirlo ratifica la condición del actual período gubernamental al que le ha tocado desempeñarse como régimen de transición.

Es llamativo que su conformación la presida un presidente del Cpccs (transitorio) y un contralor subrogante. ¿Hasta cuándo el Ecuador va a vivir a media asta?

Mientras tanto, el delito, en todas sus aberrantes y múltiples manifestaciones, desborda la capacidad de tolerancia ciudadana.

Trátese de la inseguridad, la violencia de género o cualquiera de las formas de corrupción, el hecho cierto es que comienza a cubrir a los ecuatorianos un manto de indefensión que, para colmo, se da también en lo jurídico. Ello determina que ni siquiera se tenga confianza en recurrir a las normas del derecho para defender la vida, la libertad o la honra.

Hay demasiados abogados y jueces corruptos, sin que nadie cumpla con la obligación de evidenciarlos. Peor todavía, y es obligatorio reseñarlo, ya ni siquiera se aspira a que el delito tenga sanción social. Hace poco, en un pequeño ámbito ciudadano se comentaba cómo siguen siendo parte de la membresía de los mejores clubes sociales de Guayaquil, socios que ahora están en prisión o sometidos a procesos judiciales que involucran actos de corrupción con fondos públicos o en lo que ahora se ha pretendido calificar como “negocios entre particulares” para referirse a las coimas.

En otro tiempo cada vez más lejano, se los habría expulsado, aunque fuese sigilosamente.

Ahora predomina la más intolerable impudicia. Cabe reclamar por el rescate de la vergüenza, de la decencia que tradicionalmente involucraba dignidad en el ejercicio de los cargos públicos o privados, igual que consideraba sagrados los recursos ajenos.

No puede seguirse tolerando el enriquecimiento ilícito y que los ciudadanos que lo alcanzan pasen a ser respetables miembros de la comunidad, hombres de éxito que exhiben con impudicia su nuevo estatus económico, mientras quienes cultivan una acrisolada honradez se miran como fracasados.

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