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Colombia pule su paz

Sin negar la sorpresa del resultado que sacudió a una mayoría de los observadores externos e incluso a los electores más optimistas (Colombia es realismo mágico), es evidente que pese a las presiones en contrario para intentar aprobar los acuerdos firmados en La Habana, el pueblo de García Márquez decidió negarlos, puesto que le pareció que concedían demasiadas ventajas a los alzados en armas.

En efecto, no fue posible conseguir que se aceptase que el narcotráfico dejaba de ser un crimen de lesa humanidad si los dineros sucios obtenidos con su práctica estaban destinados a fines políticos y por tanto sus actores, en los diversos grados de responsabilidad con que podrían imputárselos, quedaban libres hasta para la participación electoral.

Por el estilo, reconociendo que no se puede pretender negociar con un grupo armado sin concederle algunos beneficios y seguridades que le hagan reconocer la conveniencia de abandonar su beligerancia, “cambiando las balas por palabras”, el resultado favorable, por mínima diferencia, en contra de la aprobación de lo resuelto en Cuba, ahora, más que solo analizarlo en sus razones, debe ser asumido como oportunidad para lograr una paz más sólidamente constituida.

Sin duda, una paz lograda con las legítimas dudas generadas por lo hasta ahora aprobado, bien podría estimular revisiones que la harían tambalear en el futuro, con graves consecuencias.

Queda claro, eso sí, y cabe destacarlo, que una mayoría casi absoluta de los colombianos sostiene con decisión la voluntad de terminar la guerra.

Tal cual resume la portada de Expreso de ayer, los colombianos han exclamado: Paz, SÍ... pero NO así. Y ese es el sentimiento al que todos han plegado. Incluso los actores fundamentales: el presidente Santos y los dirigentes de las FARC han reiterado el cese del fuego y han reiniciado las conversaciones, que es obligatorio continuar para perfeccionar lo hasta aquí acordado.

No hay por tanto un fracaso de las negociaciones. Hay, es posible pensar que sin riesgos, una necesaria revisión de las mismas en guarda del respeto al dolor de las víctimas y la tradición juridicista de Colombia que, evidentemente, había sido sobrepasada. Por suerte, los impulsadores del NO han asumido una actitud serena, que propicia el mantenimiento, imprescindible, del diálogo.