Cojanlo... cojanlo...

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Cojanlo... cojanlo...

¡Cójanlo... cójanlo...!

Fue un grito que antaño formó parte del folclor callejero guayaquileño, un grito de auxilio para aprehender a algún ladronzuelo que huía en veloz carrera y que en contadas ocasiones surtía el efecto deseado por su víctima. Los tiempos han cambiado visiblemente y hoy, temerosos, prestamos más atención a los asaltos a mano armada y a los delitos generados por la corrupción de quienes nos han gobernado. Las cifras del daño infligido al país por esta última son descomunales, de alusión obligada en los discursos políticos y nos ha obligado también a su divulgación internacional para aspirar a la captura de sus autores y a su eventual reparación. Existen, por fortuna, sistemas de rastreo de la ruta del dinero robado por tan repudiables ciudadanos. El ecuatoriano honesto y la gente desprotegida y vulnerable, en especial, exigen que se les haga justicia recuperando los dineros escamoteados a la salud, a la educación, a la protección social, a la generación de empleo y al desarrollo mismo de la nación. Contamos para ello con asistentes internacionales y el grito callejero de “cójanlo”, que bien quisiéramos emplearlo como expresión popular al avistar uno cualquiera de sus desvergonzados autores, es sustituido por un código rojo que permita aprehenderlos en el lugar que se encontraren.

Los acontecimientos se están dando para que vivamos los ecuatorianos una experiencia inédita y vergonzosa con un expresidente señalado como presunto coprotagonista de atentados contra la vida de seres humanos y de la más escandalosa corrupción acontecida en nuestra historia republicana. Resulta áspero y penoso abordar tema semejante, pero es notoria la descomposición moral de la imagen de Correa. La sarta de improperios escupidos contra este por un periodista que malentendió su papel en búsqueda de notoriedad, dieron la tónica de esa descomposición. Sin embargo, el repudiable incidente callejero nos dio la voz de alerta de lo que podría acontecer si Correa llegare a ser aprehendido aquí. Censurar la procacidad del periodista muchos lo han tomado como una adhesión a Correa, lo cual no es cierto. No faltarán, sin duda, voces de adhesión movidas por un sentimiento de conmiseración para quien asumiría el papel de víctima de la persecución de sus detractores.

Histrionismo es lo que más sobra en Correa y la historia nos cuenta de numerosos casos de individuos que saltaron de la cárcel al poder.

Debemos prever esa posibilidad nefasta sin que se entienda que hay algún ánimo de favorecer a Correa. Un día más de correísmo no merece nuestro vapuleado país. Correa debería purgar en prisión los graves delitos que le sean comprobados y la orden de detención deberá mantenerse vigente. Si su captura no acontece, Correa, cual iceberg a la deriva, deberá seguir flotando, derritiéndose, diluyéndose y evaporándose hasta desaparecer de nuestra memoria. Llevarlo a una prisión quizás podría victimizarlo. Conociendo su histrionismo, se daría mañas para mostrarse rasgando su vestimenta de recluso, y pedir con ademanes heroicos su muerte a manos de sus carceleros. Recordemos que ya ha hecho esta pantomima. Se autodeclararía víctima de la persecución y estaría en espera de convencer una vez más al país con una artimaña más que le permita reeditar las negatividades que caracterizaron su gobierno. No tendríamos perdón, ecuatorianos.