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Mientras la ciudad duerme

Mientras la ciudad duerme, hay quienes trabajan o se preparan para ayudar a los demás a empezar su jornada diaria.

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Mientras la ciudad duerme, hay quienes trabajan o se preparan para ayudar a los demás a empezar su jornada diaria.

Ítalo Triviño, de 39 años de edad, inicia su jornada a las 02:00, apenas dos horas después de la medianoche, cuando la mayoría recién se ha ido a dormir. A esa hora enfunda los 350 periódicos que entrega en la ciudadela Entre Ríos, del sector La Puntilla. Realiza este proceso hasta las 04:00 y a las 06:00 empieza a repartir los diarios.

Una moto en la que apila el producto es su única compañera de viaje. “Soy un experto”, precisa, “hago esto desde 1996”.

Para él no existen los feriados. Trabaja todos los días, incluidos los domingos.

Su labor es dura y no está exenta de dificultades. “Me he quedado ‘tubo bajo’, me ha tocado llevar los periódicos al hombro y todo en plena lluvia”, relata. Y nunca ha dejado de cumplirla.

Se toma dos horas en entregar el periódico, pues a diferencia de las películas en las que se ve a adolescentes lanzando el diario desde una bicicleta, Triviño se baja de casa en casa y sube hasta edificios, “para entregarlo como se debe: bien y a la puerta del hogar”. A las 20:00 ya duerme para reiniciar la rutina al día siguiente.

En la misma ciudadela, otro personaje, aunque no con periódicos, hace un esfuerzo similar: 300 familias reciben el pan gracias a Ángel Amaguaya. Él ha sido panadero desde los 17 años, oficio que heredó de su padre, quien tenía una panadería en Durán que ahora es propiedad de Ángel y su hermano.

“La gente dice que tengo un trabajo fácil, pero no saben lo que implica”, señala, al revelar que a diario cruza el puente de la Unidad Nacional en bicicleta para entregar el alimento, así llueva, truene o relampaguee.

El hombre, de 37 años, se levanta a las 22:00 y hasta las 03:00 elabora el pan. A las 05:30, en cambio, lo reparte. Su labor continúa hasta las 16:00 entregándolo a una cafetería de Plaza Lagos.

A ninguno de los dos los ven sus clientes. La única prueba de que estuvieron ahí son los productos que su gente recibe y consume al despertar.

Pedro Aníbal experimenta algo diferente. Él es conductor de un expreso escolar y se levanta a las 04:30 a recoger alumnos. Antes fue taxista, pero la delincuencia lo obligó a alejarse de ese rol. “En el tiempo del sucre me asaltaron”, dice. Recogió a dos chicas a la altura del Policentro. Y ellas, al entrar al taxi, lo apuntaron con una pistola. Luego lo llevaron al sector de Bastión Popular y junto a tres delincuentes más le robaron todas sus pertenencias.

Aun así se siente satisfecho. El trabajo del conductor de 52 años implica mucha responsabilidad, dice, pues recoge y deja pasajeros por toda la ciudad hasta las 20:00, cuando regresa a casa finalmente a descansar.

Trabajos como los expuestos implican esfuerzo, sacrificio y dedicación. Quienes los realizan pierden horas de sueño y tiempo en familia. Estos hombres lo reconocen, pero admiten que también ganan respeto y cariño. Sus faenas son una muestra de compromiso con la sociedad.

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