China necesita una gran estrategia nueva
La Guerra Fría terminó en 1991, cuando se desintegró la Unión Soviética. La era pos-Guerra Fría terminó en 2016, cuando Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos. No se puede predecir todo lo que traerá la era Trump, pero algunas consecuencias ya son evidentes. En un par de semanas Trump ha cambiado drásticamente las suposiciones clave que sustentaban la gran estrategia de pos-Guerra Fría de China. El ostensible triunfo de la democracia liberal occidental en 1989 infundió predominio a ese sistema y planteó una amenaza existencial para el Partido Comunista Chino (PCC). En lo económico, China esperaba un continuo liderazgo occidental en la globalización económica y desarrolló relaciones comerciales estrechas con Occidente, respaldando el crecimiento y desarrollo económico de China, y fortaleciendo tanto al PCC fronteras adentro, como a la influencia del país en el exterior. En seguridad nacional, China suponía que EE. UU. no planteaba una amenaza inminente, a pesar de sus ventajas tecnológicas abrumadoras y las de sus aliados, y dio casi por hecho que EE. UU. seguiría asignando una alta prioridad a evitar el conflicto. Es decir, ambos países entablaban una relación económica y diplomática, manteniéndose a la vez una postura estadounidense de seguridad robusta frente a China, para disuadir el expansionismo. Así China podría perseguir su principal objetivo: un rápido desarrollo económico. Pero ahora ese contexto operativo ha cambiado, debido, entre otras cosas, a la crisis financiera global de 2008 y a los tropiezos estratégicos de EE. UU. en Oriente Medio desde el atentado del 11 de septiembre de 2001, que debilitaron sustancialmente la capacidad de Occidente de mantener el orden basado en reglas internacionales y ofrecer bienes públicos globales. China ha venido implementando ajustes incrementales en su gran estrategia para aprovechar las oportunidades creadas por la relativa decadencia de Occidente. En general, los cambios eran marginales pero con Trump en la Casa Blanca, la gran estrategia de China tendrá que reformularse completamente. En lo ideológico, la era Trump, el “brexit” en el Reino Unido y el ascenso del populismo de derecha en otros países europeos parecen anunciar el precipitado colapso de la atracción ideológica de la democracia liberal. En lo económico, el nuevo contexto operativo probablemente resulte difícil. La desglobalización hoy parece un hecho y eso es profundamente preocupante para China, el mayor exportador y beneficiario mundial de ella. Pero lo más preocupante es que la interdependencia económica entre China y EE. UU. amortigua su rivalidad geopolítica e ideológica. Pero si Trump tiene éxito con su amenaza de anular los acuerdos comerciales e imponer unilateralmente aranceles punitivos, el régimen de comercio global existente se va a deshilachar, y China será una de las principales víctimas. Aunque el peligro más agudo tal vez resida en la seguridad nacional. Trump ha amenazado con desafiar la política de “una sola China” y prometió aumentar las capacidades navales de EE. UU. para oponerse a China. El coqueteo de Trump con el presidente ruso, Vladimir Putin, ha exacerbado los temores entre los líderes chinos de que EE. UU. se esté preparando para desafiar a China. Y si Trump opta por enfrentarla en el Mar de la China Meridional, sus relaciones podrían desplomarse en caída libre, planteando la perspectiva amenazadora de un conflicto militar directo entre ambos países: una nueva Guerra Fría. Esto a muchos les puede resultar impensable. Pero lo mismo pasaba con la victoria de Trump, hasta que sucedió.
Project Syndicate