La 'centrofilia' deja en evidencia que el Centro Histórico no es apto para el distanciamiento

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La 'centrofilia' deja en evidencia que el Centro Histórico no es apto para el distanciamiento

Con más de 2.000 casos positivos, esta parroquia queda expuesta. Un urbanista explica las razones de por qué se "victimiza" a este popular sector. 

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Hay veredas tan angostas en las que es complicado mantener el distanciamientoAngelo chamba

Vísperas de Navidad. Las angostas calles del Centro Histórico de Quito, la mañana de este 23 de diciembre, empiezan a llenarse de gente. Agentes metropolitanos alejan a los vendedores informales. Los ciudadanos ya cargan bolsas llenas de regalos, algunos con niños en coches y sin mascarillas, y otros cargándolos en brazos. El sol apenas calienta la piedra de la Catedral, cuando un pastor evangélico inunda con su prédica la Plaza Grande: “Dios no ha muerto... la vacuna está en la Biblia”. “La vanidad”. “Las fiestas paganas”. Y otras cosas más. Junto a él, un enorme pesebre de metal adorna la entrada de la iglesia. Frente a él, un borracho dormido, una ancianita que casi no ve, una comerciante y otros dos hombres que no lo miran.

Así amanece el Centro Histórico. Con 130 agentes dando vueltas para controlar el orden. Con 2.179 casos positivos de COVID-19 (hasta el 21 de diciembre). Con 226 alertas de aglomeraciones reportadas al sistema de vigilancia ECU-911 (desde el sábado hasta el martes). Y con la prisa de que la Noche Buena está por llegar: los regalos no pueden faltar. Por eso, sin importar los dos metros de distanciamiento, las personas caminan chocándose los hombros, rozándose las manos, mirándose de frente. Veredas angostas. Vendedores informales. Coches llenos de comida. Decenas de personas. Y si uno cae a la calle, corre el riesgo de ser arrollado.

– ¿Se puede decir que el Centro Histórico no es apto para el distanciamiento?

– Sí, responde Hernán Orbea, urbanista y docente de la Universidad Católica del Ecuador.

Sin embargo, el experto asegura que es importante analizar la causa de ello. El Centro Histórico es un objeto de deseo, es decir, un lugar al que todos quieren ir y, de cierta forma, poseer. Entonces, ejerce un magnetismo porque “la ciudad no ha tenido las capacidades suficientes para desarrollar en todas sus centralidades el nivel de abastecimiento comercial ni de representación administrativa y política institucional que hay allí”. No hay algo semejante en La “J”, Cotocollao u otros sectores de la capital.

En el imaginario colectivo es que en el centro hay todo. Y más barato.

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Hay varias personas en las calles; en muchos casos no hay distanciamientoAngelo chamba

Ocurre algo parecido con las élites, pero en los centros comerciales, construidos a punta de publicidad y porque reproducen la ciudad ideal y peatonal iluminada, segura, sin carros, cubierta, con buena climatización. Mientras que la percepción de quienes están en el ámbito popular y sectores medios es que en el Centro Histórico hay cosas más baratas, cruzan por ahí las frecuencias de los buses. Entonces se produce una “centrofilia: estamos enamorados, encantados con él porque nos da esas posibilidades que la ciudad no ha sido capaz de reproducir”, dice Orbea.

A las 10:00, cuando la temperatura marca los 15 grados centígrados y bajo un sol intenso, la gente camina de un lado a otro sin parar. Unos entran en tiendas, los vendedores de locales anuncian desde la puerta y por altoparlantes las ofertas: relojes a 5 dólares, cobijas térmicas a $5, zapatos desde $10, papas fritas con salchica roja a 0,50 ctvs, fundas de caramelos a $1. Y al pie del Palacio de Carondelet, en la calle Chile, una pareja de no videntes cantan con todas sus fuerzas: “Me quiero morir, sin ti, amor, todo es un desastre me siento vacío...”

Hacia el occidente, más cerca del Centro Comercial Granda (bueno, bonito y barato), aún no hay fila de gente, sin embargo, el que parece guardia de seguridad ya tiene en sus manos la botella de alcohol y el termómetro en forma de pistola. Enfrente, un agente metropolitano camina y a su paso los informales se mueven como olas. Unos se evaporan, otros se retiran en silencio hasta que encuentran otra angosta calle donde meterse.

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Agentes metropolitanos controlan las ventas informales.Angelo chamba

Y el problema continúa dando vueltas. Calles angostas donde todos se chocan. Dice el urbanista que son de entre 10 o 12 metros máximo, incluidas las acercas. Hay nueva demanda. Es un mes en el que muchos quieren ir al centro. Todas esas aristas le ponen a este como una víctima de la situación, y por eso el llamado insistente de las autoridades para el orden, porque es una de las parroquias con más aglomeraciones, porque es una parroquia con más contagios, porque es una parroquia con más vendedores informales. Y no para.