La Carta Democratica

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La Carta Democratica

Mucho revuelo ha causado la noticia de que Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), activó la Carta Democrática Interamericana en aplicación de su art. 20, para analizar la situación de Venezuela, por considerar que existen elementos suficientes para presumir que se está afectando el orden democrático y que puede llegar a la ilegitimidad de su Gobierno, con graves sucesos que causen conmoción nacional. En un largo y motivado informe, Almagro apremia al Gobierno de Nicolás Maduro a garantizar la realización del referéndum revocatorio, a liberar a los presos políticos y a eliminar el “bloqueo permanente” de la Asamblea Nacional, en la cual la oposición tiene amplia mayoría.

La Carta Democrática Interamericana es el instrumento de la OEA aprobado unánimemente en 2001 en Lima, para preservar la democracia de los países miembros. La decisión de Almagro no tiene precedentes al no contar con el consentimiento del Gobierno legítimamente electo en el país afectado, de lo que podría resultar la suspensión de dicho gobierno, como sucedió con Honduras en 2009, luego del golpe de Estado.

La Constitución y las leyes de los Estados establecen los cauces democráticos y atribuciones de autoridades y mandatarios, por lo que gobernantes demócratas solicitan que se apliquen esas normas para encontrar una solución constitucional y negociada al grave problema. Pero a cuenta de soberanía, no se puede abusar del voto que el pueblo otorga a sus gobernantes, utilizándolo como patente de corso. Los mandatarios tienen límites, por eso, para la subsistencia constitucional es necesaria la existencia de la división de poderes, que equilibran de los pesos y contrapesos de la democracia. Nicolás Maduro y otros presidentes afines que aplican la misma ideología y estrategia de sumisión de todos los poderes, se oponen a la aplicación de la Carta Democrática y han protestado por considerarla una injerencia en los asuntos internos de Venezuela. El tema me recuerda el refrán que solía decir mi padre: “Si ves las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

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