Actualidad
Las canteras impunes
“Odio a los indiferentes”, decía Antonio Gramsci, brillante filósofo italiano. “No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. La indiferencia es parasitismo, es cobardía. No es vida”.
No puedo, y Ud. tampoco, ser indiferente con el drama que viven 60 mil habitantes de la vía a la Costa, allí donde, además, varios centros de estudios tienen sus sedes. Lo sufren por culpa de las canteras -que explotan los suelos literalmente en las narices de los ciudadanos- y de las autoridades que lo solapan.
No me voy a enredar en tecnicismos legales ni en el ‘pásale la pelotita’ que les encanta a los indolentes burócratas del Ministerio del Ambiente o del Municipio de Guayaquil. Que si las controlas tú, que si lo debo hacer yo. Que si deben estar a 200 metros. Que si ahora las técnicas de detonación son mejores. Que si les ampliamos el permiso pero que prometan irse... Tonterías.
La situación es grave y simple: todas las canteras de la vía a la Costa que colindan con ciudadelas que pertenecen al perímetro urbano de Guayaquil, todas, deben irse. Y deben irse ya. Por eso lo reitero: el salvavidas que les lanzó la semana pasada la alcaldesa es inhumano e ilegal.
El derecho ciudadano, el de 60 mil vidas a respirar aire y no polvo y cenizas, a dormir hasta que se les cante y no hasta que las explosiones los despierten, a no sufrir sordera nerviosa, como lo reconoció -¡desde hace 8 años!- el propio Ministerio de Salud, está por encima del afán comercial de unos pocos.
¿Qué haría la alcaldesa si la despertaran explosiones, se la pasara con alergias respiratorias o no escuchara bien los elogios de sus partidarios porque se estuviera quedando sorda? ¿Sería justo que viviera así? Pienso que no. Ni ella ni nadie. Nadie.
Como Gramsci, creo que vivir es tomar partido. Por eso, el drama de los guayaquileños que viven o estudian o trabajan en la vía a la Costa no es un problema de ellos. Es nuestro. Es de todos quienes no podemos, ni debemos, ser indiferentes. Pues si lo somos con esta injusticia, en nuestros patios también nos nacerá alguna. Y quizás peor que la de las canteras impunes.