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Caida imparable

Durante gran parte del siglo pasado se ha escuchado el persistente golpeteo propagandístico comunista, proclamando la supuesta superioridad de su ideario. Se apropiaron del membrete de progresistas y se cuidaron de motejar a la sociedad que no comulgaba con su dogma como retrógrada y enemiga del pueblo. Lo reaccionario se convirtió así en una expresión insultante que identificaba a los enemigos del pueblo, a quienes se oponían a la prosperidad que ofrecía el socialismo marxista. La juventud, en especial -yo también caí, en su momento-, se sintió irremisiblemente atraída por algo tan sublime y prometedor como una sociedad sin clases, sin pobres, sin injusticia.

Pero no pasó de ser un sueño pueril e ingenuo. Una vez en el poder, los gobiernos de la izquierda comunista fueron degradándose , la justicia social no apareció y la clase política dominante debió optar por la coerción y la violencia para afianzarse en el mando. La dictadura ya no fue del proletariado y se redujo a la dictadura de la cúpula partidista que se creyó con licencia para promover su enriquecimiento personal o grupal. La falta de cultura en los países subdesarrollados alimentó la aparición de caudillos populistas que mantuvieron el discurso cautivante de la redención social e hicieron de las suyas con los recursos que estaban a mano. Bajo el influjo de Fidel Castro, aparecieron Chávez en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Quezada en Honduras, Morales en Bolivia, los Kirchner en Argentina, Lula en Brasil y, por cierto, Correa en Ecuador. Ahora, tras su fracaso, todos ellos están siendo juzgados por la historia, unos más rápidamente que otros, con resultados condenatorios previsibles. Hoy resulta anacrónico escuchar a algunos de ellos sus alardes de progresismo y de elevada cultura, repartiéndose condecoraciones y reconocimientos entre sí, empeñados en seguir creyendo que el futuro les pertenece.

Pero el futuro les es ajeno y contrario sus engañosos sistemas de gobierno, que caen en picada, víctimas de sus propias irrealidades y de sus falacias. Me atrevo, por ejemplo, a decir que existe consenso internacional sobre la mayúscula y desbordante ignorancia de Nicolás Maduro, un individuo carente del más elemental requisito para presidir una nación, y responsable de la incontenible destrucción de Venezuela. Correa, no obstante, se ha expresado de él como un “hombre extraordinario”, incurriendo en el sectarismo cínico y comprometido de las huestes comunistoides. Maduro cuenta ya con casi un centenar de víctimas mortales y con más de trescientos presos políticos, pero sigue siendo para Correa un “hombre extraordinario”, expresión que invita al sarcasmo. Pero ni Maduro ni Correa merecen sarcasmo alguno, excepto el repudio franco y abierto. Correa agrede a nuestra inteligencia cívica y democrática al balbucear virtualidades inexistentes en Maduro, un individuo que avergüenza a Latinoamérica, encontrando algún eco en nuestra Cancillería que, con su silencio, descubre su resistencia a actuar con probidad cuando se juzga a uno cualquiera de los suyos, por “extraordinarias” que sean sus estupideces.

No debe extrañarnos que Correa sea admirador de Maduro, pero sí debe ponernos en alerta si con tales expresiones piensa que es un ejemplo a seguir.

Sí, el comunismo sigue cayendo en incontenible picada, y pronto desaparecerá. Moreno debe saberlo y le conviene, por el bien del país, marcar histórica distancia con todos cuantos fueron aludidos en su singular y original Informe a la Nación del jueves pasado. Digamos por ahora que atrajo nuestra atención esa promesa de imprimir cordura, sentido común, pasión, verdad, buen humor y transparencia a su gestión. Que así sea.