Belen

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Hay días en que quisiera tener el talento de dibujar para crear un signo, un símbolo. Dejar por un momento la palabra escrita y contar con algo más eficaz para advertirnos lo serio que es este asunto de la guerra y lo frágil que es el hilo de paz que nos sostiene. Nadie pretende vivir sin desacuerdos, pero no aprendemos a manejar los conflictos. Fallamos, y en nuestras narices tenemos una guerra cruel. Injusta. Demencial. Dolorosa. Alepo, Siria, miles y miles de personas que huyen del desastre, de las matanzas. Cristianos y musulmanes perseguidos y asesinados con brutalidad. Las grandes potencias pululando alrededor de la invisible zona de guerra, invisible porque cuando se trata de terrorismo, el ataque viene por donde menos se lo espera. Es probable que digan que esto está lejos de nosotros y con un “qué pena” es suficiente. Si bien son otros los contextos, son otras las historias de los pueblos, son otros los dioses y otros son los sistemas de gobiernos, se trata de vida, de muerte, de esa guerra que muchos no queremos.

En el Ecuador, territorios shuar, impunidad obscena, protesta ensordecida por abuso de poder; son terrenos en los que el desacuerdo trae desangre. Pienso en lo que sucede allá y acá y, sigo imaginándome qué nos ayudaría a detenernos. Entonces presto atención al calendario y miro que el domingo es Navidad, y pienso en Belén. Pienso que esta barbarie puede terminar, que la violencia se iría si un puñado de gente se diera la mano, que la impunidad desaparecería con una justicia independiente. Nada del otro mundo. Cosas sencillas, como el pesebre de Belén. Como ese niño, envuelto en paja, pequeñito, desarmado, vulnerable, rodeado de sus padres asustados, adorado por reyes de otras tierras. María susurra al niño, le da calor, lo hace sentir en casa, que no está solo en el mundo al que ha venido y que aún no ve; envuelve su desnudez, invita a José a cuidarlo, da de comer a los desconocidos pastores, acoge a los extranjeros reyes. Ella, la que empieza a enseñarnos el abrazo que le debemos al desplazado, al migrante, al perseguido político, a la autoridad herida, al indígena lastimado. Ella, la silenciosa, la que no sabe de vanidad, ni razones, la que puede aplastarle la cabeza a toda guerra, a toda sombra. Pienso en Belén y todo está dicho.

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