Un batallon de recuerdos

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Un batallon de recuerdos

En aproximadamente un año el espacio, que estaba destinado para almacenar material bélico, será ocupado por alimentadores y articulados de la troncal 4 de la Metrovía.

Cambio. El cuartel dejó de ser un fortín.

Pedro Guale perdió la cuenta de las veces que, con su vieja bicicleta Chooper, circuló por las inmediaciones del Batallón del Suburbio para observar el entrenamiento de los militares. También de las jornadas diarias de ‘trote-mar...’ protagonizadas desde las 05:00 por los soldados, lo que constituía el ‘despertador’ de los moradores.

El vecino de 68 años ha sido testigo desde el momento en que el cuartel, situado en la 29 y la J, se transformó en un fortín. Ahora observa con nostalgia el paulatino desmontaje.

Los cánticos de guerra de 200 uniformados fueron reemplazados por el sonido de los ‘combazos’, provenientes del derrumbe de las paredes y el retiro de material de construcción. Apenas se observa uno que otro militar en la garita principal, la única habilitada.

En aproximadamente un año el espacio, que estaba destinado para almacenar material bélico, será ocupado por alimentadores y articulados de la troncal 4 de la Metrovía.

El pasado 7 de julio, la comunidad atestiguó el momento en que la II División de Ejército ‘Libertad’ entregaba las instalaciones al alcalde Jaime Nebot. El campamento es trasladado al Fuerte Militar Huancavilca, ubicado en el kilómetro 10,5 de la vía a Daule.

Guale y su esposa, Ana Armendáriz, se asentaron en el sitio cuando él tenía 18 años de edad. Fue una de las primeras familias que llegó al sitio, bajo el auspicio de los dirigentes del extinto partido Concentración de Fuerzas Populares (CFP). El lugar era un manglar y aún no estaba el recinto militar.

El Batallón del Suburbio se construyó a inicios de los 70, convirtiéndose en un referente del populoso sector y un sinónimo de seguridad, principalmente para los habitantes.

“Cuando atrapábamos a un delincuente, los militares lo castigaban con una rutina de ejercicios para que escarmentara. Luego lo entregaban a la policía”, recuerda Guale.

Los vecinos cuentan que los antisociales lo pensaban dos veces antes de actuar, sabiendo que desde cuatro garitas ubicadas en la parte alta, sus movimientos eran observados por los uniformados.

Inocencio Quimí, uno de los primeros moradores, recuerda que no tenían problemas cuando salían en la madrugada para tomar el bus, en la calle 29. De oficio sastre, Quimí resalta que los militares los ayudaron en la formación de las brigadas ciudadanas.

Pero esa tranquilidad fue desapareciendo a pesar de que hace cuatro años se edificó la Unidad de Vigilancia Comunitaria (UVC) en una de las esquinas del recinto militar.

“Ahora estamos alerta porque el sector está peligroso”, asegura Julia Lima, quien desde hace cuatro décadas vive en la parte posterior del complejo militar.

Cuando llegó con su esposo, Carlos Moreno, la unidad militar era de madera y caña. Ocupaba un terreno de 77.422 metros cuadrados y la rodeaba el estero Salado.

De los militares también recuerdan la contribución social a favor de la comunidad. “En Navidad nos repartían alimentos y atendían a nuestros hijos a través de las brigadas médicas gratuitas”, relata Hugo Reyes, quien llegó al suburbio hace cuarenta años.

Otro aporte del cuartel es el árbol de Navidad gigante ubicado en la 29 y Portete.

¿Será positiva la presencia de la Metrovía? La repuesta es incierta para los moradores. Lo cierto es que no recuperarán el coro del ‘trote-mar...’ que los despertaba y les daba seguridad.

Los últimos huéspedes del cuartel

El ruido producto del desmontaje de lo que era el dormitorio de los soldados no desconcentra al cabo Felipe Mosquera, quien practica con su saxofón.

El militar es uno de los 18 músicos del Ejército que permanecen en el antiguo Batallón del Suburbio. También son los encargados de resguardar el complejo, hasta que se cumpla el retiro.

Por amplitud, en el auditorio se improvisó el dormitorio de los uniformados.

Este sitio es el ideal para que el soldado Freddy Azogue pueda practicar con el trombón.

“Aquí estamos atentos, aunque el sector permanece tranquilo”, comentó Azogue.

El sargento Segundo Rodríguez está al mando del grupo de voluntarios que efectúa el desmontaje de las instalaciones. El trabajo, a cargo de cinco elementos, se cumple de 08:00 a 15:00.

Además del dormitorio, está pendiente la demolición del comedor, la bodega y el antiguo auditorio.

El desmontaje empezó en marzo pasado. Rodríguez calcula que en dos meses finalizará.

En el patio se observan restos de surtidores de combustible y del área de entrenamiento.

La vegetación está descuidada y los árboles fueron podados.

En algunas paredes resaltan leyendas y escudos militares.

Un viejo balón permanece en la cancha de vóley. Es uno de los pocos espacios habilitados para los soldados que gustan de este deporte.