Bailaran sobre nuestras tumbas

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Bailaran sobre nuestras tumbas

Corrían días de julio de 1987. Habíamos recibido un regalo del cielo: la ley obligaba a los artistas extranjeros a dar un concierto gratuito, además de los tarifados, y alguien logró que sea en nuestra universidad. Así conocimos a la banda de nuestros sueños: Soda Stereo. Entonces quisimos hacer algo similar con otros ídolos ‘rockeros’, pero fuimos una golondrina y, por tanto, no hubo verano. Tuvimos que esperar años y dejar de ser chiros para cantar hasta enronquecer con Los Prisioneros o Los Enanitos Verdes.

Los Prisioneros nos representaban: eran feos, cholos y revoltosos como nosotros. No tenían pretensiones: cantaban verdades sin adornos. “Todos crecimos juntos y estudiamos juntos. Todos nos ilusionamos juntos. Y a todos nos mintieron por igual...”, declamaba su líder, Jorge González. Y enseguida sonaba una canción que nos llegaba al alma: “El baile de los que sobran”.

Hace 2 años, en Bogotá, una protesta estudiantil la usó como bandera de su lucha; y hace 5 días, en Santiago, un millón de gargantas la hizo suya para reclamar un Chile más justo.

Los ideólogos de izquierda y derecha se disputan a dentelladas el análisis de lo que pasa allí. Tal vez pierden el tiempo: la protesta no tiene que ver con las utopías solidarias de Allende ni con los milagros sangrientos de Pinochet. La respuesta quizá esté en los versos eternos de González: “Nos dijeron cuando chicos jueguen a estudiar/ los hombres son hermanos y juntos deben trabajar... Pero no fue tan verdad”.

Juan Pablo Ernst, periodista chileno, me dice desde Santiago que la multitud se identifica con la canción porque “es el himno de los postergados”; esos que sienten en carne propia que “Chile es uno de los países con peor distribución de la riqueza en el mundo”. Tiene razón: no es pobre -es el segundo más rico de Sudamérica- pero reparte muy mal su fortuna: desde hace décadas la distribuye peor que Uruguay, Bolivia o Perú. Muchos deberían tener un BMW, por ejemplo, pero manejan el Kia más barato.

Y entonces: si en Chile no son tan pobres los postergados, ¿calculan lo que pasará pronto en países donde sí lo son? Van a bailar sobre nuestras tumbas...

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