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Diario Expreso Ecuador

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Una bahia llena de ‘Lagartos’

El sector de la Villamil es uno en los que más se observa enganchadores. La mayoría trabaja de manera independiente.

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Les llaman lagartos, por la astucia, el instinto depredador y la rapidez con que cazan a sus presas. Entra uno a la bahía de Guayaquil y ahí están, regados por todos lados, sin uniforme ni distintivo, únicamente perceptibles al contacto visual o al: “venga, le ayudo, ¿qué buscaba, amigo?”.

Un equipo de investigación liderado por el antropólogo estadounidense Eric McElroy estudió hace diez años ejemplares de 18 especies de lagartos reales con el propósito de averiguar sus estilos de alimentarse. ¿La sorpresa? Los de nuestra bahía también aplican las dos técnicas básicas para cazar.

La primera, sentarse y esperar, y una vez cerca la presa, seguros de alcanzarla, correr e intentar atraparla con la lengua. El lagarto real usa la lengua, el nuestro, también, pero de otra manera. Se vale de la labia, el verbo, el “acá es más barato” o el “venga que lo llevo a la bodega, sin compromiso”.

Este tipo de cazador sigue al cliente, le habla prácticamente en la nuca y le extiende una tarjeta de presentación cuando se cree rendido. Luego regresa a su esquina. Suele pasar del lado de la calle Villamil. Le gusta esa zona. Los electrodomésticos son un buen enganche.

La segunda forma de cazar de los lagartos reales, según el estudio, es moverse constantemente en su entorno. Despacio, con el único objetivo de acechar sigilosamente a sus víctimas.

Pasa igual en este plano comercial. “Un día los ves en un lado y al día siguiente ya están en otro. Se mueven, buscan, venden y se van. Se pueden hacer hasta 200 dólares en una sola jornada. Ha habido casos de estafa, porque ofrecen productos clonados y hasta hacen paquetazo (vender un producto dañado)”, describe Miguel Ortiz, presidente de la Asociación de Comerciantes 30 de Abril, una de las 96 que se organizan en las 40 manzanas de la bahía.

Hay 13.000 locales en este lugar, también conocido como “el mall del pueblo”, donde se encuentra desde un hilo o una pastilla hasta una lavadora. Es poco común que los enganchadores, como también se conoce a los lagartos, trabajen fijos para alguno.

El lagarto es independiente, su propio jefe; pero, a diferencia del dueño de un local, no invierte nada. Solo gana. Amarra la venta desde fuera, compra el producto y el cliente, a veces, termina pagando el doble. “Eso es lo malo”, lamenta un comerciante de electrodomésticos que se identificó como Francois Miturbá.

Wilson Murillo es un enganchador. Es alto, afroecuatoriano, flaco y florido de verbo. Anda por los 45 años. “¿Televisor? Si es de 55’, hasta en 600 dólares lo encuentra en otro lado, pero conmigo le vale $ 400”. Camina adelante, entra a un callejón, ingresa por un local, sube escaleras. El cliente lo sigue. Llega a un local, deja allí al interesado y baja de nuevo. Por eso le pagan un sueldo básico, asegura.

Quizás por eso los dueños de los locales, pese a criticarlos, les reconocen méritos. “Hay momentos en que te favorecen, porque te venden, pero así como te paran te acuestan, porque vienen a comprar lo más barato, pero lo venden caro y como original. Cuando el cliente reclama, somos los dueños de los locales los que perdemos credibilidad”, observa Miturbá.

Carlos Acuña, presidente de la Asociación 9 de Octubre, cerca de la Olmedo, cree que es malo que haya lagartos porque el cliente se siente confundido y acosado psicológicamente.

Ser enganchador está prohibido, recuerda el director de Uso del Espacio y Vía Pública, Efrén Baquerizo, pero la calle es libre, y pese a que el tema ha sido tratado en innumerables ocasiones en las asambleas que organiza la Federación de Comerciantes Minoristas de la Bahía, que está formada por 32 asociaciones, no hay respuesta.

Una de las propuestas es regularlos. Darles tarjetas de identificación y que exista más resguardo en la zona para evitar estafas.

Se desconoce cuántos enganchadores existen en la bahía; pero es imposible no identificarlos, advierte Miguel Ortiz, uno de los presidentes. “Usted caza al local... El lagarto, en cambio, lo caza a usted”.

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