El Astillero, cada vez menos de lo que era

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El Astillero, cada vez menos de lo que era

La historia no cambia, pero a veces la tradición se pierde. Con los años, Guayaquil ha perdido una particularidad esencial que surgió con su condición de Puerto Principal del país: sus astilleros.

Labor. Dos personas sueldan y restauran las partes de una plancha. Estas serán utilizadas para ‘parchar’ los espacios afectados de las naves.

La historia no cambia, pero a veces la tradición se pierde. Con los años, Guayaquil ha perdido una particularidad esencial que surgió con su condición de Puerto Principal del país: sus astilleros.

Una ciudad que creció a la orilla del Guayas, el principal factor para el desarrollo económico de la ciudad, y junto a él se instalaron los primeros astilleros navales del Ecuador.

Según Mariano Sánchez Bravo, director del Instituto de Historia Marítima de la Armada del Ecuador, por un precio de 18.000 pesos se construyeron las primeras embarcaciones (galeones) en los astilleros navales para la Armada del Virreinato del Perú, en plena época de la Colonia.

“En ese entonces, el primer astillero estaba ubicado al norte de Ciudad Vieja, adyacente al estero de La Atarazana, al extremo del actual barrio Las Peñas, donde estuvo situada la Cervecería Nacional, en el siglo XX”, añadió Sánchez.

Posteriormente, se trasladaron al sur de la ciudad, en el barrio que los evoca y les rinde homenaje con su nombre.

Pero van desapareciendo paulatinamente, cada vez hay menos y con ellos se llevan también parte de la historia e identidad de Guayaquil.

La diferencia entre lo que eran hasta el siglo pasado y lo que queda ahora es evidente. Así lo lamenta Pedro Cevallos, de 79 años, uno de los antiguos moradores del barrio del Astillero, donde se crió.

“Pasadas las seis de la tarde esto es muy sólido, ya no se ven a los comerciantes en movimiento a cada momento; la circulación de gente que se ve en (el mercado de) la Caraguay por las noches, así era todo por aquí. Ya no es lo mismo, todo cambia”, dice con tristeza.

En los pocos varaderos que quedan al pie de la ría, aún hay maestros de barcos: pintores, soldadores, mecánicos, carpinteros... la mayoría provenientes de otras ciudades que se niegan a dejar esta ocupación.

El destino de estos astilleros parece estar marcado. El crecimiento urbanístico los obliga a marcharse a sectores alejados del centro, según reconocen.

Melvin Hoyos, director de Cultura y Promoción Cívica del Municipio de Guayaquil, destaca que en la época de la Colonia, Guayaquil hacía los barcos más grandes que surcaban el Pacífico; ahora fabrican naves de un calado muy bajo y prácticamente ya no hacen barcos.

Este declive en parte se debe al progreso industrial y tecnológico de la construcción naval.

El historiador Rodolfo Pérez Pimentel señala que con la creación del motor a vapor en Inglaterra, en el siglo XIX, la baja de los astilleros de barcos de madera se hizo notoria.

“Guayaquil nunca pudo avanzar y competir con esos países que tenían tremendas acerías”, añade el historiador.

A lo largo de la calle José María Urbina se aprecian los vacíos que han dejado la desaparición de los astilleros.

“Hay días buenos y otros malos, como todo trabajo; la cuestión es tener para comer”, dice Fausto Medina, trabajador del varadero Barcelona, quien tiene trece años laborando en el negocio de su primo.

Él es una de las personas que aún trabajan en diferentes actividades en estos varaderos, aunque algunos se encuentran expuestos a diversos riesgos.

La situación económica los ha obligado a salir de sus ciudades natales y buscar la manera de ‘ganarse la vida’ en estos lugares del sur de Guayaquil; y pese a los riesgos se dicen agradecidos por tener un trabajo.

Apenas un pedazo de vidrio oscuro protege los ojos de un soldador de uno de los varaderos, ante el peligro de las chispas. No quiere revelar su nombre, sin embargo, reconoce que no cuenta con seguridad.

“Al principio sí da un poco de miedo porque uno nunca sabe qué puede pasar, pero me lleno de valor y recuerdo que en casa tengo una familia que alimentar”, manifiesta.

Ya casi no construyen, la mayoría de los varaderos se dedica solo a reparar naves menores. Una labor que dista de la que alguna vez dio a Guayaquil la fama de tener los mejores astilleros de América del Sur.