Assange: el pajaro contra las escopetas

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Assange: el pajaro contra las escopetas

Defensa. Baltasar Garzón, miembro del equipo jurídico de Assange.

El asilo político o diplomático y el territorial son elementos constitutivos de lo que se llama el Derecho Internacional Americano. Tanto en Montevideo como en La Habana se lo reglamentó hasta que en Caracas, en marzo de 1954, se dejó bien claro que esta facultad que otorgaba un Estado era para perseguidos políticos. Algunos Estados europeos lo conceden cuando se trata de perseguidos por raza, religión, nacionalidad o pertenencia a determinados grupos sociales. Lo que sí responde a convenciones internacionales es el refugio, figura jurídica diferente.

Delitos comunes. En el caso de Julian Assange, no le correspondía al Estado ecuatoriano otorgarle asilo en su Embajada, pues se trataba de un acusado de delitos sexuales y violaciones en Suecia, país del que huyó y se trasladó a vivir al Reino Unido. El Gobierno sueco solicitó la extradición y un juez británico falló a su favor. Assange apeló ante la Corte Suprema de Gran Bretaña. Mientras tanto se le dispuso su prisión domiciliaria.

Cuando la Corte confirmó la extradición, Assange fue a la Embajada del Ecuador y pidió asilo, el mismo que debía ser negado, una vez que se comprobó que no era un perseguido político, a sabiendas de que el Reino Unido no aceptaría entregar el salvoconducto para que salga del país.

Es indiscutible que el Gobierno anterior obtuvo publicidad sobre la concesión del asilo, alegando que se trataba de que nuestro país era un campeón en la defensa de los derechos humanos.

Sus negocios. Assange, fundador de WikiLeaks, una firma que se dedica a hurgar, con gran conocimiento tecnológico, en diversos organismos estatales y a realizar campañas a favor de candidatos u organizaciones, como fue el caso de las elecciones en Estados Unidos y en la campaña para lograr la independencia de Cataluña, se manejaba de pronto en el estrecho espacio de nuestra Embajada de Londres como en casa propia. Recibía invitados, salía al balcón para hablar a sus seguidores y seguía ejerciendo el mando de su empresa que estaba en plena actividad.

¿Quién lo detenía? Se quiso sorprender a los ingenuos exhibiendo una decisión de una de las comisiones de NN. UU. sobre derechos humanos, en la misma que rechazaba la detención de personas sin motivo alguno. No estaba detenido, ni por el Reino Unido ni por el Ecuador.

Su campaña por Cataluña le significó una disposición del Gobierno, en que se le solicitó que no podía generar campañas de ninguna clase que pusieran en peligro las relaciones del Ecuador con otros países, que en poco o nada lo perjudicaban.

Al declarar la justicia sueca que, por el tiempo transcurrido, se había ordenado archivar el proceso, se convirtió ya no en asilado sino en un huésped a cargo de nuestra Embajada. La Cancillería ecuatoriana buscó todas las formas imaginables para lograr que Assange pueda salir airoso de su encierro voluntario. Se dictó una ley de movilidad en 2017, en que forzándola se logró hacerlo ciudadano ecuatoriano sin cumplir los requisitos establecidos para otorgar la nacionalidad. Luego, con una ingenuidad que sorprende, se lo designa consejero de la Embajada del Ecuador en Rusia. Además, se declara reservada toda la documentación concerniente al caso, sin cumplir con el reglamento que existe para dar a los documentos esa categoría. Hasta que una acuciosa asambleísta se decide a pedir, para conocimiento de la Asamblea, toda la documentación existente.

Un mal huésped. Por otra parte, el ministro de RR. EE., con pleno conocimiento legal, dicta un reglamento al que debe someterse el señor Assange para que siga como huésped costoso de nuestra Embajada en Londres.

Y allí salta la liebre. Assange pide a sus abogados que demanden al canciller ecuatoriano por la violación de sus derechos. No sabemos cuáles porque, repito, es un simple huésped de la Embajada que se mantiene en ella por el capricho de no cumplir la sanción que le impone la justicia británica, que es muy leve, por haber violado la detención domiciliaria.

Creemos que ya es tiempo de que se pronuncie nuestro Gobierno y que disponga la salida de un huésped indeseable. O es que se está guardando la espalda a ciertos funcionarios amigos, tanto del régimen anterior como del actual, o se le tiene temor a Assange de que hable, ya que si su empresa pudo ingresar, con tanta facilidad, a los archivos del Departamento de Estado de EE. UU. y al Pentágono, debe tener en sus manos un historial de nuestra política pasada y presente y hasta el dato de cuentas corrientes de funcionarios en el extranjero.