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De Asad a Asad, pasando por el infierno
En marzo de 2018, coincidiendo con el séptimo aniversario del inicio de la guerra en Siria, el presidente sirio Bashar al-Asad se hizo filmar mientras conducía su coche por las calles repletas de escombros de Ghouta Orienta. Por aquel entonces, las fuerzas leales a Asad estaban ganando terreno a los rebeldes. Las imágenes de Asad retornando triunfante, y aparentemente relajado, nos sirven para sintetizar lo que han supuesto estos trágicos años de conflicto: Siria ha sido devastada, pero Asad sigue estando allí. La magnitud del desastre humanitario no puede capturarse solo en cifras, pero estas proveen una muy necesaria perspectiva: aproximadamente medio millón de habitantes han muerto como resultado de la violencia; más de cinco millones y medio han sido registrados como refugiados, y más de seis millones son desplazados internos en Siria.
Estos números evidencian el fracaso de una “comunidad internacional” que, en Siria y en tantos otros contextos, no se ha hecho merecedora de este nombre. Las profundas divisiones en el Consejo de Seguridad de la ONU han impedido una respuesta conjunta a la crisis. En gran medida, dichas divisiones son consecuencia de la intervención militar de la OTAN en Libia, autorizada por el Consejo de Seguridad -con abstención de Rusia y China- justo mientras se desataban las hostilidades en Siria. La intervención en Libia excedió su mandato humanitario y se obcecó en provocar un cambio de régimen en el país, desembocando en el asesinato de Muamar el Gadafi. Habiendo tomado nota de ello, Rusia y China se muestran ahora más recelosas de toda intervención militar en nombre de la “responsabilidad de proteger”, una doctrina invocada en principio para corregir los desmanes de Gadafi. El uso del veto en el Consejo de Seguridad se viene incrementando notablemente.
Mientras tanto, la UE se ha mostrado excesivamente pasiva ante un conflicto que afecta a un país participante en la Política Europea de Vecindad. Recordemos que la guerra de Siria originó la terrible crisis de refugiados, que ha removido los cimientos de la UE. A pesar de ello, Bruselas y los países miembros han ido aplicando parches en vez de apostar más decididamente por atajar el problema de raíz. La desorientación que aqueja a Occidente en lo referente a Siria es absoluta. La Administración estadounidense está protagonizando un bochornoso espectáculo con sus vaivenes acerca de la retirada de las pocas tropas que tiene en Siria. Todavía es una incógnita cómo pretende contrarrestar EE. UU. la influencia de Irán en Siria y qué garantías ofrecerán a los kurdos, que tanto han contribuido a combatir al EI.
Lo que queda claro es que Occidente se está dando de bruces con la realidad: cuando la polvareda levantada por el EI se está despejando, Siria está apareciendo no tan distinta políticamente de la que existía antes. Esto no significa que Asad haya salido totalmente indemne de la guerra y que vaya a ser capaz de imponer su voluntad sin cortapisas. Pero sí que, a falta de alternativas viables, y pese a los brutales crímenes que ha cometido con el apoyo directo de Rusia e Irán, tendrá que desempeñar un papel en el futuro inmediato de Siria. Está comprobado que cuanto más tiempo y recursos se invierten en una política equivocada, como fue la de cambio de régimen, más difícil se hace abandonarla. Sin embargo, no queda otra: Occidente debe rehuir los espejismos y sentarse a negociar más seriamente -y a todos los niveles- aprovechando las muchas herramientas que la diplomacia pone en nuestras manos.
Javier Solana. Es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade.