Ana Maria Iza

La muerte, que se anunció con una larga y penosa enfermedad, se llevó a mediados de la semana pasada a Jorge Vivanco Mendieta.

El domingo nos llegó la infausta noticia del fallecimiento, en Quito, de Ana María Iza. Ambos, entrañables amigos, coincidieron, uno a través del periodismo y la otra con la poesía, en comunicarse con el público siempre acudiendo al tratamiento mágico de la palabra.

La última vez que me encontré con Ana María y conversé con ella fue en el mes de marzo pasado, durante los actos del Festival del Paralelo Cero, que fue una fiesta cultural en que participaron poetas nacionales y extranjeros. Fue doloroso verla arrastrando una bombona de oxígeno que se comunicaba a través de delgadas mangueras con sus orificios nasales, situación que nos hizo predecir un desenlace fatal a un futuro no lejano. Ello acaba de ocurrir privando al país de una de las voces femeninas más importantes de la lírica nacional. Una autora de versos sencillos y profundos a la vez, que invitan a una lectura repetida y de reflexiones íntimas.

Fue autora de innumerables libros en el género matriz de la literatura, entre ellos: Pedazo de nada (1961), Los cajones del insomnio (1967), Puertas inútiles (1968), Heredarás el viento (1974), Fiel al humo (1986), Reflejos de sal sobre las piedras (1987), Papeles acostados (1994-2005), Herrumbre persistente (1995) y Poesía junta (2009).

Hace dos años se publicó en la colección El Ángel, de la capital, una nueva antología de su obra, con el título Mi corazón contra las piedras. En dos oportunidades, cuando Ana María nos visitó en el Puerto con sus nuevos libros, me pidió que los presentara. Obras estas en las que ratificaba su extraordinaria condición de creadora, sin perder en ningún momento esa sencillez que la hacía tan accesible a cualquier lector. No tuve, pues, que exagerar ni acudir a la generosa hipérbole porque todos los elogios dichos en mis dos intervenciones eran muy merecidos.

“Leer y pensar su poesía supone situar su producción poética en una época en donde la fluidez organiza las esferas de la vida”, dice el escritor y animador cultural Xavier Oquendo Troncoso, en la contratapa de esta última antología, que estuvo precisamente a su cargo.

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