A donde vamos

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A donde vamos

No me extrañaría que a fin de mes veamos a “los de la década ganada” celebrar con bombos y platillos e invitados “especiales” llegados del extranjero, la recordación de un año más del “nacimiento” de la “Megan”. Un parto doloroso, no deseado por muchos ecuatorianos para quienes no cabe celebración alguna, ya que representa luto para algunas familias e ignominia para otras, que sufrieron en carne propia las consecuencias de una justicia sumisa a la voluntad del Ejecutivo.

Ese 30 S es para los revolucionarios el día en que “nació la democracia”; para unos, fue el día en que claudicó la independencia de la justicia y para otros, el día en que en sentido figurado se desahució la institucionalidad de las Fuerzas Armadas. Muchas han sido las batallas en las que perdieron empresas, centros educativos, terrenos, etc. Pareciera que aquello del “honor y orgullo” habría quedado en el recuerdo, no así aquello de no ser deliberantes y observar obediencia absoluta, lo que pasó a ser regla de estricto cumplimiento y al parecer, norma de supervivencia, condenando, en ciertos casos, prácticamente a la extinción, al principio de “objeción de conciencia”.

Condenar a “aprender” obediencia, para quienes históricamente la obediencia y el respeto a la jerarquía han sido pilares fundamentales, la razón de ser de su institucionalidad, resulta “una mala broma”, por no decir “ofensivo”.

Pareciera que el derecho al sufragio concedido a los miembros en servicio activo de las FF. AA. y la Policía, más que un beneficio se convirtió en el justificativo, una suerte de Caballo de Troya, que les permitió a los “revolucionarios” infiltrar la política en las filas de dichas instituciones, sumando a aquello la fórmula de “divide y vencerás”, que les ha posibilitado el consolidar el poder absoluto, propio de aquellos gobiernos “socialistas”, remedos de democracia, expertos en licuar los recursos económicos y naturales en sus Estados, convirtiendo a su pueblo en espectros, aparentemente, “condenados” a sobrevivir más que a vivir.

Me pregunto, de seguir así, ¿a dónde vamos?

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