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Acorazadas: La estetica de las viviendas, entre rejas

Ante la simple percepción de inseguridad que sentimos día y noche, instalamos puertas acorazadas y barrotes sobre sus ventanas, portales y hasta en sus balcones y terrazas.

Acorazadas: La estética de las viviendas, entre rejas

Cuando la vida y los bienes se sienten amenazados por el hampa, nuestras viviendas son las primeras en sentirlo. Ante la simple percepción de inseguridad que sentimos día y noche, instalamos puertas acorazadas y barrotes sobre sus ventanas, portales y hasta en sus balcones y terrazas. En lugar de comprar unos pocos metros de césped que den algo de vida y frescor a nuestros patios y jardines, sin darnos cuenta vamos encerrando la arquitectura y estética de los inmuebles tras toneladas de hierro forjado.

Y aunque según cifras del Ministerio del Interior en el último año en Guayaquil los robos a domicilios y locales comerciales bajaron en un 13 y 31 por ciento, respectivamente, la realidad es que cada vez nos sentimos más vulnerables frente a este tipo de delitos, por lo cual seguimos poniendo barreras de acero en todas partes.

Susana Arízaga, arquitecta cuencana radicada en Guayaquil, sostiene que la arquitectura nada puede hacer ante el frenesí de poner este tipo de seguros en la casa. Explica que incluso mucha gente que instala dispositivos más sofisticados como cámaras y alarmas, no puede evitar poner también rejas en puertas y ventanas, aunque sea en la parte interior.

“Obviamente, no estamos de acuerdo con la forma en que se utilizan las barreras, lo que ya entra en los gustos o presupuestos de cada persona. Lo ideal sería buscar la guía de un profesional que le indique estilos, diseños (para que la vivienda se vea bien), ya que al fin de cuentas el interesado va a terminar poniendo rejas”, indica.

La antropóloga Gloria López coincide con Arízaga y agrega que “hoy hay una paranoia en cuanto a poner dos y hasta tres rejas, cuando anteriormente sobre el hueco de las ventanas solo iban las hojas que eran de metal con vidrios. Ahora no, ahora se pone esa misma ventana y por separado va otra reja afuera”.

Al arquitecto guayaquileño Víctor Chóez tampoco le sorprende lo que está ocurriendo. Él asegura que en más de una ocasión se ha encontrado con obras que él diseñó, a las cuales les habían puesto más seguridades de las que estas tenían al momento de ser entregadas a sus propietarios.

Chóez observa que en nuestras urbes hay muchos inmuebles con mallas electrosoldadas hasta en la parte superior de todo su perímetro, “con lo cual se rompen todos los esquemas tradicionales de diseño”.

Los especialistas en carpintería metálica, los talleres artesanales y comerciantes de puertas, ventanas y mallas trabajan sin pausa para hacer frente a la demanda. En los alrededores del Mercado de las Cuatro Manzanas, en el centro de Guayaquil, donde existe la mayor cantidad de talleres y locales de estos artículos, se venden mucho las ventanas de hierro, que cuestan desde $ 40 en adelante cada una; los costos de las puertas metálicas van desde $ 70 hasta $ 700, dependiendo del refuerzo y la cantidad y calidad de las chapas; y el metro cuadrado de mallas de acordeón cuesta desde $ 60 en adelante.

Basados en estos precios mínimos y adicionando el servicio de instalación o albañilería, poner cuatro ventanas y una puerta de hierro en una casa sobrepasa los $ 300, estiman los artesanos.

Poner rejas, seguridades o bloqueos en nuestras moradas no es malo y por eso no hay leyes ni ordenanzas que lo impidan. Esta ha sido una costumbre muy antigua.

“Toda la vida la humanidad se ha sentido insegura y siempre ha buscado la forma de protegerse”, dice la antropóloga López, una exfuncionaria del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. “Antes de que existan las grandes ciudades se construían ciudades amuralladas y en forma de castillos, y era una forma de mantener un círculo de control de quienes moraban en esos espacios”.

Entre los siglos XIV y XVIII, en Europa se formaron las escuelas de herrería, que crearon rejas más estéticas, un tipo de amurallamiento traslúcido, pues al mismo tiempo que protege permite ver el exterior.

“Actualmente esa conducta ha cambiado poco”, precisa López, “pues buscamos mantenernos seguros frente a un entorno que puede afectar nuestra cotidianidad o confort, y al mismo tiempo poder ver, vigilar hacia afuera. Por eso usamos las rejas”.