Se acaba julio, presidente

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Se acaba julio, presidente

Sí, mañana. Y quedan treinta y un días, los de agosto, para completar los famosos cien días de paciencia, de espera, de plazo, de esperanza o de escepticismo que, a usanza de otros países, ahora, hemos decidido concederle en el Ecuador a los que recién se hacen cargo del gobierno.

Como no se encontró con la mesa servida, cosa que todos -y él más que todos- ya sabíamos, habrá que seguirle teniendo paciencia. Poner la casa, y no solo la mesa, en orden, no es tarea sencilla, requiere y cabe reiterarlo, esfuerzo en común. Por supuesto, el que gobierna, que no es únicamente el que preside, es el que toma decisiones y las lleva adelante, es quien tiene que poner el rumbo de ese esfuerzo.

Igual las personas que los pueblos, nunca estarán seguros de llegar a parte alguna sino cuando saben adónde quieren ir.

Cabe entonces que, sin abandonar, por supuesto, sus justificadas inquietudes sociales, el presidente Moreno, una vez conocida la grave elocuencia de las cifras, nos establezca con claridad meridiana las nuevas reglas del juego, incluyendo los sacrificios que habrá que hacer para cumplirlas con el menor sufrimiento posible y sin lesionar mayormente a los sectores menos favorecidos de la población, a quienes frecuentemente se les trasladan las más pesadas cargas.

De momento, no deja de sorprender que pese a la magnitud de la crisis económica que atravesamos, continúe haciendo ofertas que involucran erogaciones de la raquítica billetera fiscal pero, más todavía sorprende que se permita y siga la especulación respecto a que no toma ciertas esperadas decisiones en ánimo de alcanzar una mejor correlación de fuerzas con la oposición interna que mantiene.

¡Cuidado! La impunidad no pude ser premiada con dilaciones de “orden estratégico”.

Cuando el presidente establezca con transparencia su posición de cero tolerancia contra la corrupción, la correlación de fuerzas se manifestará notablemente a su favor, porque entre las varias hambres por satisfacer también está, protuberantemente germinada en la conciencia nacional, la de acabar con la impunidad, la de juzgar y sancionar a los corruptos.