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Abstracciones e ideales

Cuando en nombre de Dios se incendia, se aniquila y demuele; cuando por la patria se obnubila a la nación revistiendo a la democracia de caudillismo y embozadas dictaduras; cuando en nombre de la paz se mata y en nombre de la justicia se persigue a inocentes, resulta muy difícil para el educador hablar de conceptos abstractos, ideales y valores en el aula.

El niño y el joven, independientemente de su edad, no están ajenos a lo que ocurre en su entorno inmediato y en la época en que viven. Toman a través de la información fácil y rauda de hoy: las palabras, las actuaciones de quienes se fungen como líderes locales y mundiales y, obviamente, al contrastarlas, se pierden y desconciertan.

Nunca como ahora ha existido un divorcio tan grande entre los principios morales, éticos, cívicos y lo que ocurre en el círculo del estudiante; por tanto, al profesor le cuesta mucho enfocar el pensamiento del alumno para que intente alcanzar esos valores y principios que este, inmaduro e inexperto, ve muchas veces despedazados ante sí, y que además concibe como caminos que lo alejan del dinero, del poder y la fama, tentaciones y antivalores omnipresentes que retan al proceso formativo actual.

Sin embargo de esto, tanto al educador como a los padres les toca -como decían los abuelos- “remar contra corriente” y “lloviendo sobre mojado”, insistir en su trabajo sobre la conciencia del alumno, para hacerle pensar que su misión en la vida no es la de ser como el otro, sino mejor que el otro, superando con sus ideas y acciones lo que ve hacer, incluso a seres muy queridos y cercanos.

El niño y el joven de hoy se dan cuenta sin problema, cómo en su propio entorno se peca o se violentan leyes y principios. Ve en sus manos y en las de su familia dinero que no tiene claro origen, “sobrecitos” que le ordenan llevar y traer. Ve hacer y deshacer vínculos, ve rupturas y violencia, acosos y desmedidas ambiciones, mientras que en el aula le piden que sea bueno.

El educador tiene la misión de asumir al alumno como suyo en cuanto a su formación, y sutil pero claramente, enrumbarlo por el adecuado camino.