Actualidad
45 dias de campana ficticia

La campaña electoral arranca hoy. Oficialmente se entiende, porque es obvio que muchos de los 80.281 candidatos que participarán en estas elecciones seccionales están, desde hace meses, recorriendo calles, parroquias y medios de comunicación en el país. El Consejo Nacional Electoral ha prevenido, como siempre lo hace, que descontará los gastos realizados en campañas anticipadas a los candidatos o a sus organizaciones políticas. Y seguramente lo hará en centenares o miles de casos: en diciembre pasado, ese organismo dijo haber detectado 10.799 artículos promocionales, 58 vallas y audios de publicidad electoral. Esa dinámica lejos de detenerse, arreció. Es dable pensar, entonces, que una buena mayoría de los candidatos han violentado, en los hechos, las prohibiciones fijadas para el período electoral.
Esa es la realidad jurídica que choca contra la necesidad política. Porque está claro que los 45 días establecidos son insuficientes para que un candidato recorra su ciudad o su provincia, escuche a los ciudadanos, dé a conocer su programa y lo debata con sus contrincantes. En 45 días no puede darse a conocer y obtener un capital de credibilidad que pueda rentabilizar en las urnas.
Esos 45 días son, en realidad, una trampa que ha construido el sistema político manejado por partidos que dicen tener mecanismos para formar cuadros y foguear a sus nuevas figuras. Eso no existe. Partidos no hay. Partidos entendidos como estructuras ideológicas que, a la vez, preparan y forman a sus adherentes para la administración de la cosa pública. Esto explica por qué en período electoral, esas organizaciones, que en cambio tienen dueño, buscan para los cargos de elección popular a figuras que vienen del deporte, del mundo del espectáculo o de la comunicación. Con ellos, tienen asegurado el nivel de conocimiento, de penetración y credibilidad, que es imposible lograr en 45 días. Esas figuras, que esas organizaciones preparan en olla a presión para los cargos públicos, tienen todas las ventajas sobre sus competidores. Porque 45 días de campaña no dan para más: se vuelve un concurso mediático; concurso de rostros en los cuales no interviene, o pírricamente, el nivel de conocimiento, la experiencia real o la preparación para el cargo al cual pretenden.
La democracia que tiene el país es el exacto reflejo de esta situación. Un sistema capturado por ciertos líderes que, gracias al voto obligatorio, tienen cautivo el mercado electoral. Una población que no puede cernir, porque no tiene tiempo, ni los programas propuestos ni los perfiles de aquellos que piden su voto. Unos medios de comunicación que no pueden hacer su trabajo porque en 45 días les es imposible evaluar a los candidatos, analizar -con ayuda de expertos- sus programas y plantear una estrategia para que debatan.
Es imposible llamar a debatir a 18 candidatos. Si se suma los resultados de las casas de sondeos, que miden la aceptación ciudadana, es fácil concluir que una campaña de 45 días está pensada para que ganen aquellos que calzan en un prototipo: tener un altísimo nivel de conocimiento público y un padrinazgo político enraizado. Esto explica, en parte, la baja calidad de representación, la escasa renovación (no de caras sino de ideas) en la sociedad política y la decepción eterna que tiene el ciudadano con la política en general.
Por supuesto que esos 45 días tienen una válvula de escape que ya ha sido usada: los ‘outsiders’. Que también han hecho campaña antes de hora, contraviniendo, como siempre ocurrirá, una ley absurda.