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Diario Expreso Ecuador

Las Catilinarias

Tal como ocurrió en la antigua Roma con la lucha de Cicerón contra Catilina, la distorsión de la verdad y los engaños colectivistas amenazan nuestra libertad

"Cuando las ideas se vacían, el poder se expande sin límites claros. El debate deja de ser sobre principios y se convierte en una pugna por imponer ideologías".Archivo Expreso

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En el año 63 a. C., Marco Tulio Cicerón se levantó en el Senado romano para pronunciar una de las denuncias más célebres de la historia: las Catilinarias. Frente a él estaba Lucio Sergio Catilina, acusado de conspirar contra la República. Pero Cicerón no solo enfrentaba a un hombre, enfrentaba una narrativa. Catilina, que había buscado la traición y conspirado contra Roma, se representaba a sí mismo como reformador. No hablaba de subversión, sino de justicia. Era, en esencia, una disputa por el significado de palabras. Afortunadamente, Cicerón también era un diestro orador, un ‘vir bonus dicendi peritus’; un hombre moralmente íntegro con una retórica excepcional.

Años después, Cayo Salustio Crispo relataría estos hechos en su ‘Bellum Catilinae’, dejando claro que la conspiración no solo se libró con armas, sino con discursos -que, por fortuna-, Salustio los transcribiría y han llegado a nosotros como uno de análisis político más finos del mundo antiguo. Roma no estaba únicamente en peligro por la acción, sino por la distorsión del lenguaje que la justificaba.

Dos mil años después, nada ha cambiado

Más de dos mil años después, esa batalla persiste. Hoy no se necesita tomarse el Capitolio para erosionar una república, basta con colonizar el lenguaje y con él, las mentes. La verborrea colectivista ha perfeccionado ese arte; envolver ideas fallidas en palabras nobles, disfrazar imposiciones como derechos y presentar como virtud lo que en esencia es una coacción.

La justicia social -’leitmotiv’ del discurso socialista- no es sino una injusta redistribución forzada. La anhelada ‘equidad’ no es igualdad ante la ley, sino igualdad impuesta a través de ella. Tampoco es el uso inocente de eufemismos patrioteros que apelan a un supuesto bien común para justificar decisiones que coartan nuestras libertades individuales.

El lenguaje aquí no es neutral: es estratégico. Su ambigüedad permite ganar adeptos a través de la mal llamada solidaridad que no es sino exacción obligatoria. Bajo esa neblina semántica, prosperan las falacias socialistas; si toda desigualdad es injusta, entonces toda intervención del Leviatán parece legítima.

Pero cuando las palabras pierden precisión, las ideas pierden sustancia. Y cuando las ideas se vacían, el poder se expande sin límites claros. El debate deja de ser sobre principios y se convierte en una pugna por imponer ideologías.

En ese terreno, quien controla las palabras no necesita ganar la discusión; ya ha fijado sus reglas. Roma nos dejó una admonición que continua vigente: las repúblicas no solo pueden caer por la fuerza de sus enemigos, sino por la confusión de sus conceptos y sus falacias filosóficas. Cuando el lenguaje se degrada, la realidad lo acompaña.

Describía Salustio en su primera Catilinaria que Cicerón -refiriéndose a Catilina- diría de manera lapidaría: “Quo usque tandem abutere, Catilina, patienta nostra?” - ¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? - Porque al final, toda batalla política es, antes que nada, una batalla por las ideas. Y cuando las palabras dejan de describir la realidad para empezar a narrar utopías, el único resultado -ese si muy real- es el doloroso y trágico ardid colectivista.

¡Hasta la próxima!

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