Editoriales

Falsas promesas.

El socialismo del siglo XXI llegó al continente como una promesa progresista que planteaba redistribuir la riqueza de los países menos desarrollados en beneficio de los más necesitados. Una década después, ellos lo siguen siendo, igual o más que antes de aquel mesianismo. Para consolidar su plataforma, el discurso de sus más fervientes defensores fue beligerante contra los grupos de poder y los medios de comunicación, atentando así contra la democracia y la libre empresa, con duras medidas delineadas desde el Estado. Sin embargo, lo que comenzó como una nueva manera de hacer política terminó en la confabulación de los escándalos de corrupción más grandes de la historia, cuyas consecuencias reales aún no se han podido cuantificar. Los países que siguen gobernados por esta tendencia, que ni sus ideólogos saben definir con exactitud, mantienen niveles de pobreza nunca antes vistos, lo que ha provocado diásporas incontenibles hacia los países vecinos. Como antes, la población sigue sin educación, salud ni trabajo, desatando los niveles de delincuencia e inseguridad. Aquella quimera, que ya lleva millones de víctimas, se diluyó por la desidia y ansias de poder de quienes se creyeron infalibles, pero terminaron presos o prófugos por sus propios errores.