Editoriales

Cerca del ciudadano

'El Gobierno está en la obligación de sincerar la magnitud del coronavirus en Ecuador, sobre todo, en las cifras de muertos. Si no pueden calcular cuántas son las víctimas, será difícil creer que pueden gestionar la crisis'.

Los muertos tenían vida, planes, aficiones y, sobre todo, tienen aún familia. Sus parientes, dolientes tras el fallecimiento, se quejan estos días de dos cosas: de desatención y de descrédito. Con una crisis que ha sacudido a los países más estables y más pudientes del planeta, el Gobierno de Ecuador no debería ruborizarse en admitir que hay cosas que se escapan y, sobre todo, no debería tratar de disimular la gravedad de la situación y de las muertes acaecidas si quiere que la población mantenga la confianza en su gestión.

Hay más muertos de los que se contabilizan cada día en las ruedas de prensa virtuales y no hablar de ellos, pese a que sería entendible no tener un cálculo preciso, es quitar el rostro, el nombre, el apellido y la vida perdida a quienes han sucumbido a una enfermedad que tiene al mundo entero preocupado.

No hace falta dar cifras exactas, pero sí sincerar la realidad de pacientes que van a los hospitales y son rechazados y de ecuatorianos que mueren en sus casas y cuyos cadáveres no son retirados. No se sabe cuántos son, pero no son dos ni tres. Esa transparencia, sin duda, dará mucha más credibilidad a la gestión -complicadísima, sin duda- de la emergencia que ponerse a buscar en las redes intentos de desinformación.