Editoriales

Anomia normalizada

'De entre las variadas formas de corrupción, es intolerable la del abuso impune a nuestros niños’.

Peligrosamente, la violación de normas fundamentales de comportamiento, orientadas a propiciar una adecuada convivencia, es tan reiterativa que finalmente se la asume como normal.

Hay tanta corrupción que se la acepta como peaje obligatorio del acontecer político. Quien llega a un cargo público, alcanza ese lugar privilegiado para hacerse rico al más breve plazo posible. Quien dice que su deseo de ser político tiene otros fines más altruistas, o es un mentiroso o está desquiciado. El “roba pero hace” sigue siendo la expresión del desorden ético en que se vive.

Por eso, los que de pronto aparecen haciendo gastos suntuarios y comprando vehículos de lujo, siendo conocidos como persona de escasos recursos, ahora no llaman la atención: se acomodó bien, se dice y tiene derecho, ha sido un hombre honrado y trabajador de toda la vida. 

Por el estilo, cualquier otra forma de enriquecimiento vertiginoso es actualmente muy respetada en los medios sociales de quien ostenta esa nueva condición de vida, aunque se sospeche su vínculo con cualquier tipo de tráfico. Peor aún, la sociedad de la anomia normalizada se escandaliza ‘in pectore’ de los abusos sexuales a nuestras niñas pero permite que los abusadores sigan haciendo de las suyas solapados por jueces corruptos.