Bernardo Tobar Carrión | La cruzada
Organizaban congresos con clanes terroristas en la Casa de la Cultura bajo el auspicio de la Revolución Ciudadana
La coalición convocada por la Casa Blanca desconcertó al amarillismo especulativo, por su declaración escueta y obvia: los carteles y las organizaciones terroristas deben ser destruidas con todo el peso de la ley y las influencias perniciosas provenientes de ultramar deben ser enfrentadas. Palabras más o menos, sin retórica ampulosa, verborragia hasta la victoria siempre y vómicos semejantes, innecesarios cuando el encuentro va precedido de acciones, de bombas dirigidas con precisión milimétrica, ejecuciones a Mencho y otros capos, extracciones épicas a narcodictadores y ejecutorias militares que la anomia diplomática impedía.
El ‘Escudo de las Américas’ no necesita proclamas ni manifiestos. La foto de rigor, la que se quiere reducir, con visión de corrillo, a quién estuvo más próximo a Trump, fue la mejor respuesta a las instantáneas de piscina y tetones que hacían los titulares hace pocos años. Y esto debería bastar, por ahora. Porque los de la piscina incluían asambleístas, financiaban candidatos o fungían de tales, sometían a jueces, infiltraban la vindicta pública, lavaban dinero aprovechando los vehículos electorales y eran, en fin, los amos de la institucionalidad. La metástasis. Y antes de ser famosos por exhibir sus exuberancias adiposas con pájaros de su misma catadura, organizaban congresos con clanes terroristas en la Casa de la Cultura bajo el auspicio de la Revolución Ciudadana, partido que debería desaparecer por profilaxis democrática.
El Escudo ha marcado un hito: los pájaros de marras eran protegidos por el poder, tratados como niños exploradores descaminados o financistas de campaña. Hoy se les llama por su nombre y se les aplica la ley concebida para los criminales, que por algo existe. Esto no es extremo, es un mínimo de cordura y compromiso con la regla de derecho y la supervivencia hemisférica.
No se trata de una guerra contra las drogas como en los 90. La cruzada última apunta a la preservación de la identidad de un continente que se edificó sobre el imperio de la ley, la fe cristiana y la libertad individual, valores que el colectivismo quiere destruir, haciéndole el juego a las teocracias islámicas y sus cómplices geopolíticos, a quienes el crimen organizado sirve de ariete y aliado natural: el negocio negro, como el totalitarismo, florecen en una sociedad boba, avergonzada de sí misma, sin identidad histórica ni espiritual.