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En manos de los que hoy se muestran indignados estaba el expediente para hacer cumplir al expresidente que se decía revolucionario las penas en su contra. La inactividad de esos órganos de Justicia le allana hoy el camino’.

Tan poca voluntad han mostrado las instancias judiciales en conseguir que el presidente del socialismo del siglo XXI cumpla sus condenas y pague su deuda con Ecuador, como el mismo exmandatario ha evidenciado en eludir esas cuentas. Las energías del que se decía revolucionario para torear a la Justicia ecuatoriana han sido proporcionales -y más eficientes- a la languidez con la que actuó el sistema para conseguir que pague. Como resultado, ahora es reconocido en un Estado europeo como refugiado. Habrá que olvidarse de que cumpla condena. Mucho menos devolverá el dinero. Mejor, hay que hacerse a la idea de que la lentitud y ligereza de la justicia ecuatoriana han sembrado el camino para que lave su nombre e incluso intente regresar a la primera línea de la política en la figura de un mártir. Todo, según las explicaciones vertidas, porque el proceso es farragoso y lento.

Lo inquietante es que en ciertos casos la celeridad asombra a todos, incluidos a los actores fiscales que no dan abasto a actuar con solvencia, y en otros, van tan lentos que ni empiezan a despachar el expediente. Lo único cierto es que la justicia que llega tarde, no es justicia. Y mucho menos, si al final nunca llega.