Columnas

A favor del distanciamiento

Por eso estoy del lado de quienes impulsan y reclaman la necesidad de volver a una “nueva normalidad”.

Qué fácil es hablar contra el proceso de distanciamiento desde un cómodo sofá, con el acondicionador de aire encendido y la refrigeradora llena. Qué fácil es criticar a la gente de las barriadas pobres, por indisciplinadas y desobedientes, hacinadas en pequeñas casas donde viven muchos entre el calor, la humedad y el hambre… Sí, el hambre. No puedo olvidar un reportaje de televisión sobre la vida de la gente en la zona de –Sociovivienda- en Guayaquil y una mujer contando que sus hijos le piden comida y no sabe qué darles. Su vecina reveló enseguida que tiene en su casa a 2 embarazadas, que el yerno no está trabajando y el marido tampoco. Aunque le han llevado fundas con alimentos básicos, los 8 de su familia, dice, se acabaron la donación en un santiamén.

Si las mujeres de esta historia me dijeran que no tienen más remedio que salir para trabajar y ganar, en pos de la supervivencia de los suyos ¿Qué podría responderle yo? Entenderían la explicación de que su salud y su vida están primero? ¿Podrían convencerse de que el Estado velará por ellas y por quienes viven en sus casas? Créanme, se reirían en mi cara; me dirían que ningún gobierno sería capaz de resolver sus necesidades. ¿Está de acuerdo, amable lector?

Algo parecido me lo ha dicho –Lara- con sus palabras. El gasfitero que por años anda por mi barrio arreglando averías en baños y cocinas. No conozco su nombre de pila, pero sé de su trabajo. Lo encontré por casualidad en una acera vecina y amable como siempre, se bajó de su moto para saludar. Le llamé la atención por rodar en toque de queda y me ha contado que se arriesga porque no le queda otra. Que si no sale no come, así nomás.

Me mostró su colgante con la imagen de la Virgen de El Cisne y me dijo que –la Churonita- lo protege, porque ella sabe que tiene que alimentar 4 hijos y también a su mamá y suegra, que viven con ellos desde hace varios años.

Solo atiné a pedirle más cuidado, que se restriegue con jabón los brazos y manos varias veces al día, que al llegar a su casa, vaya primero y directo a la ducha.

Lara y otros gasfiteros, albañiles, electricistas, conductores y más son parte de ese Ecuador económicamente activo, sin empleo adecuado y formal, y sin los beneficios de la seguridad social, para quienes no es posible continuar en cuarentena rígida. Su realidad suele pasar desapercibida entre tantos actores políticos, sindicales y otros, que creen hablar en nombre de los ecuatorianos y no únicamente de los que se hacen escuchar mientras cómodamente reciben su salario permaneciendo en casa.

Por eso estoy del lado de quienes impulsan y reclaman la necesidad de volver a una “nueva normalidad”, para producir lo que sea posible, empleando todas las herramientas de protección a nuestro alcance. No estoy hablando de olvidar la pandemia, no, eso sería temerario, pero insisto en la necesidad de mirarla desde otra perspectiva: Más real, más amplia, donde tengan espacio esos cientos de miles de ecuatorianos, cabezas de familia, que pertenecen al sector de la llamada economía informal.

Ellos son ejemplo de innovación, imaginación, adecuación a los nuevos tiempos. Ojalá pudiéramos llevarlos un día al aseguramiento voluntario al IESS, sería una ventaja mayúscula para todos, pese a la debilidad evidente del Seguro Social, malherido en el gobierno pasado, y en este, pretendido para unificarlo a un Ministerio, olvidando que la entidad no es de nadie más que de los afiliados.

Sin temor a equivocarme en las próximas semanas los ecuatorianos presenciaremos el forjamiento de una “nueva normalidad”, en donde los que puedan permanecerán en sus casas, mientras otros aceptarán el mayor retorno posible a la producción en el país.

Entonces tendremos que aceptar y entender la participación de los trabajadores informales, ellos que han sido una fuerza increíble para ayudar a soportar los tiempos de crisis que lejos de irse se han complicado más, y de qué manera.

La próxima vez que escuchemos vociferar contra el paso del aislamiento al distanciamiento, seamos más cuidadosos, no generalicemos las críticas, recordemos que menos de la mitad de los ecuatorianos en capacidad de trabajar, tienen la suerte de un empleo fijo y formal.