Columnas

Lisbeth, una vez y otra vez

A ver si no lo olvidamos: debe hacerlo porque Lisbeth fue golpeada hasta matarla. Una vez, y otra vez, y otra vez…

Hace 6 meses un crimen conmocionó por un par de días (que es lo que nos duran las conmociones que no nos importan) la conciencia ciudadana en Guayaquil: se denunció el femicidio de Lisbeth Baquerizo, una esposa asesinada a golpes por su compañero de vida (más bien de muerte). Los detalles revelados en la denuncia eran indignantes: para ocultar el delito, el agresor y varios de sus familiares alteraron la escena e hicieron creer que la muerte se produjo por una caída. “Vengan pronto que Lisbeth está muertita…”, les dijo el papá del agresor a los padres de la víctima.

Después los confabulados idearon la tapadera: planearon conseguir un certificado de autopsia que mintiera sobre la causa real de la muerte. Y lo consiguieron: siempre hay un médico miserable que no estudió para salvar vidas… Y también maquinaron pagar a un maquillador de funeraria para que escondiera las heridas y la autopsia mentirosa fuese creíble. Y lo lograron.

Pero esta semana una sentencia demostró que el femicidio no fue presunto ni lo fue la crueldad con que se ejecutó: un juez condenó a 5 meses de prisión a Richard Anzoátegui, responsable de maquillar el cadáver. Él aceptó su culpa y confesó que fue el esposo de Lisbeth quien le pidió ocultar las evidencias. De la golpiza, obviamente…

El caso seguirá, pues están procesados el médico farsante y los familiares que pretendieron ocultar el crimen. Pero su más que presunto autor sigue prófugo, y como no puede ser juzgado en ausencia, su juicio podría morir en el olvido. Para que eso no pase, el juez debe emitir la “difusión roja” y pedir que la Interpol lo busque y detenga.

Debe hacerlo. Porque un crimen atroz no puede sellarse con la cárcel breve para el corrupto maquillador, apenas el eslabón más débil de la cadena macabra de responsables. Debe hacerlo porque los femicidios son una lacra que nos debe doler hasta la médula y no solo por dos días. Debe hacerlo porque una joven que se casó en el nombre del amor fue asesinada en el nombre del odio y el control. A ver si no lo olvidamos: debe hacerlo porque Lisbeth fue golpeada hasta matarla. Una vez, y otra vez, y otra vez…