No hay “plenos poderes”

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No hay “plenos poderes”

“La mejor Constitución es integradora de todo tipo de intereses”, afirma un “constitucionalista” chileno. Retórica pura, pues la Constitución diseña un modelo de interés compartido para la satisfacción del bienestar general, del bien común. Es un instrumento de gobierno, tal como se llamó la Constitución de Cronwell del año 1653. No me extrañaría que pretendieran construirla “desde el corazón y no desde lo jurídico”, como me dijo una poetisa, exvicepresidente del aquelarre de Montecristi, en un debate en el programa matutino de Carlos Vera.

Si la Constitución diseña un modelo que permite el gobierno, sucede lo que en todos los países del mundo: se puede gobernar. Si no, sucede lo que aquí: no se puede designar las autoridades de gobierno, los terroristas y los presos se postulan a las elecciones, las autoridades ejercen los cargos de gobierno desde una celda, la impunidad por la década saqueada se sigue paseando -grillete incluido- por los corredores gubernamentales bajo la patente de corso del cargo público, y, en definitiva, el gobernante no puede hacer su trabajo porque el diseño del modelo de gobierno fue construido -cual guión de Corín Tellado- desde el corazón y no desde lo jurídico.

Otro “refundador” chileno dice que por fin las frustraciones se trasladarán a la derecha. Es decir que la Constitución será un instrumento de venganza, no de gobierno. Encima nuestros revolucionarios criollos comienzan a exportar el circo Montecristi a Chile: el expresidente de la Asamblea (que de la teoría del poder constituyente sabe lo mismo que yo de física nuclear, es decir, nada) acaba de declarar que “fue clave que la Asamblea asumiera los plenos poderes”.

Uno siente vergüenza ajena cuando lee la Constitución de Paraguay y se encuentra con la norma: “La Convención Nacional Constituyente… se limitará durante el tiempo que duren sus deliberaciones a sus labores de reforma, con exclusión de cualquier otra tarea”. Allá sí entendieron que no existen los plenos poderes y que solo son una más de las muchas mentiras con las que el prófugo belga nos destruyó.

Pobre Chile.