Columnas

Cómo librarse de los Yunda

Mejoremos la calidad de nuestra representación política. Librémonos de los Yunda. Eliminemos la obligatoriedad del voto

No siempre los pueblos se merecen los malos gobernantes que eligen. Los quiteños, por ejemplo, más que culpables de haber elevado a la Alcaldía a un descalificado como Jorge Yunda, parecen ser las víctimas de un sistema electoral diseñado por y para oportunistas, irresponsables y demagogos. 18 candidatos se presentaron en la capital para las seccionales de 2019 y a todos ellos el CNE les pintó un lindo chequecito para que se promocionaran con fondos públicos. ¿Qué cacique barrial podría resistirse? Nada podía salir mal. Ser candidato siempre es buen negocio.

Después de la experiencia de la última elección presidencial, parece haber un consenso en el país para reformar el Código de la Democracia de forma que no resulte tan sencillo postularse a nombre de una empresa familiar con fachada de movimiento político, o alquilar un partido que no existe sino en los papeles. Librarse, en fin, de los Gary Moreno, los Jimmy Salazar, los Iván Espinel y los Jimmy Jairala que en el mundo han sido. Fortalecer el sistema de partidos parece ser el camino inevitable. Quizás la nueva Asamblea, no tan dispersa en micromovimientos como las anteriores, se haga cargo de este problema. Pero hay una reforma de la que nadie quiere hablar. Una que evitaría la profusión de gente incapacitada en la política, de figuras de la farándula en las listas de candidatos, de futbolistas cuasi analfabetos en la Asamblea… Una reforma que, de haberse ejecutado hace dos años, quizás habría evitado el advenimiento de Jorge Yunda con sus radios, su grillete electrónico, sus amigos contratistas y su hijitico. Esa reforma es la eliminación del voto obligatorio.

Cuando Yunda se postuló para la Alcaldía de Quito (venía de la Asamblea, adonde lo llevó, cómo no, el correísmo) todos los quiteños con un mínimo de conciencia política y de interés por la cosa pública sabían exactamente qué calaña de sujeto era: un acaparador de frecuencias de radio, dueño de un imperio mediático mal habido que ponía al servicio de sus intereses políticos. Por lo demás, era un personaje muy conocido en el horario más popular de la radio. Todos los días a partir de las siete de la mañana, cuando centenares de miles de quiteños subían a los buses para dirigirse a sus trabajos, en casi cada unidad de transporte público resonaban las risas estridentes y las vociferaciones de Jorge Yunda y sus amigos. Porque aún durante el año y medio en que se desempeñó como asambleísta, el hoy alcalde de Quito era eso: un chistosín de radio.

Es lícito pensar que ese escaso 21,3 por ciento de votos que le bastó a Jorge Yunda para alzarse con la Alcaldía corresponde en su mayoría a personas que no conocían de él otra faceta que esa. Gente que no sabía nada, porque la política no le interesa y no sigue las noticias, sobre sus manejos torcidos en el Conartel. Obligados a votar, ¿qué se supone que harían? ¿Por quién vota una persona que no se entera de nada y le ponen por delante al Tin Delgado? Y si no se les obligara a votar, considerando su desinterés por la política, ¿votarían? Lo más seguro es que no. Y eso es bueno. Porque, seamos francos, un país cuyo índice de lectura es de 0,5 libros al año por persona no es, no puede ser, un país con una ciudadanía de calidad, es decir, consciente y responsable (justamente esta semana, la escritora española Irene Vallejo, en un discurso, hacía notar que la común etimología de las palabras “lector” y “elector” no es para nada una casualidad). Establecer el voto obligatorio en un país así es un suicidio. Mejoremos la calidad de nuestra representación política. Librémonos de los Yunda. Eliminemos la obligatoriedad del voto.