Derrota moral de un presidente

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Derrota moral de un presidente

Lo contrario, sumarse a la histeria colectiva, es lo que está haciendo Guillermo Lasso. Entre lo popular y lo correcto, el presidente elige lo primero

El tuit del presidente decía: “Se esperará el fin del proceso en las instancias correspondientes del sistema judicial para proceder a buscar vías que garanticen la libertad de este servidor policial”. Como todo lo dicho y hecho por Guillermo Lasso en torno al caso de Santiago Olmedo, el policía condenado a prisión por abuso de la fuerza, estas palabras son una vergüenza. Elegido para conducir el país por la vía institucional y alejarlo de la tentación populista, no tardó el presidente en entregarse al peor de los populismos: el penal. Si verlo tratando de incidir en el aforo de un partido de fútbol da grima, encontrarlo ejerciendo presión sobre la justicia da miedo. En ambos casos exhibe un concepto más bien laxo de la institucionalidad cuando se trata de ganar aprobación de las masas.

Un presidente que se permite anunciar la sentencia que espera de los jueces (los de segunda instancia, en este caso) está excediendo con mucho sus atribuciones. Lasso va aun más lejos: no contento con anunciarla, emprende una campaña para imponerla. Recibe en Carondelet al policía sentenciado y le compromete su apoyo. Una de dos: o da por sentada la injusticia de una sentencia que ni siquiera ha leído, o simplemente (como parece indicar su tuit) le vale un rábano si la sentencia es justa o es injusta: le basta con que sea impopular. Bien puede Santiago Olmedo ser (como decidieron los jueces de primera instancia) culpable del delito que se le imputa. No importa. Lasso lo quiere libre y libre saldrá. Buscará las vías, dice.

El hecho es que dos personas (dos delincuentes que asaltaron a mano armada a un adolescente) murieron cosidos a balazos. Por la espalda, dice con peritaje en mano el fiscal del caso. Y cita 40 testimonios según los cuales esto ocurrió cuando huían. En la histeria de las redes sociales se dijo que Olmedo salvó la vida del adolescente. Falso: la víctima del asalto ya no corría peligro. Quizás esta versión resulte desmentida en segunda instancia o casación y el policía (si esto ocurre nunca sabremos cuánto pesó la campaña del presidente) termine siendo declarado inocente. Pero por el momento es lo que hay: un sentenciado por exceso policial. Y lo que el presidente está diciendo es que ese exceso policial lo vuelve un héroe.

El problema, en medio de este demencial azote de la violencia criminal que nos aqueja, es que un número creciente de ecuatorianos pide a gritos más y más excesos policiales. Multitudes poco afectas a las instituciones democráticas creen que el trabajo de los uniformados debería consistir, precisamente, en matar delincuentes sin protocolos ni contemplaciones. Sin reglas. En estas circunstancias y precisamente porque el país afronta una situación de guerra contra la delincuencia, hay un mínimo sentido de la pedagogía social que cabe esperar de una institución como la Presidencia: tranquilizar los ánimos en lugar de encenderlos; contener los comprensibles deseos de venganza y predicar la justicia; aferrarse a las ideas de debido proceso y uso progresivo de la fuerza como garantía para todos; actuar con la convicción de que luchar contra la delincuencia con más delincuencia es una derrota moral que termina por descomponer a una nación. Lo contrario, sumarse a la histeria colectiva, es lo que está haciendo Guillermo Lasso. Entre lo popular y lo correcto, el presidente elige lo primero.