Roberto Aguilar | Rosa Torres huele que alimenta
Ilustra con elocuencia y precisión el tipo de advenedizos sin moral que nos gobiernan y medran a nuestras costillas
El desparpajo con el que la asambleísta de gobierno Rosa Torres ha venido negando la evidencia (primero), victimizándose (después) y eludiendo las preguntas de fondo que plantean sus relaciones sociales (todo el tiempo), ilustra con elocuencia y precisión el tipo de advenedizos sin moral que nos gobiernan y medran a nuestras costillas: gente sin una pálida idea de lo que significa el servicio público; arribistas convencidos de que el país les debe cuando menos un reconocimiento y ellos no le deben ni siquiera explicaciones; petulantes autoendiosados que terminan siendo peligrosos de puro estúpidos, los más (también los hay peligrosos por hampones)… En fin: Rosa Torres es un mal síntoma de la enfermedad que nos carcome.
Lo primero es esa compulsión performática propia de la cultura de redes sociales a la que pertenece y que ha hecho de la comunicación política un subgénero del diseño de vestuario. Es probable que Rosa Torres, hasta ayer una mujer ‘fashion’ de sexualidad hiperproducida pero dosificada, crea sinceramente que un moño y un traje sastre bastan para marcar distancia con las chicas de la mafia que suele o solía frecuentar y con quienes no sólo comparte o compartía estética sino también (según testimonian las redes) aspiraciones y modos de vida. Lo cual sería un dato irrelevante si no fuera porque de alguna manera marca su horizonte intelectual.
Y estamos hablando de la presidenta de la Comisión de Justicia de la Asamblea, así que su horizonte intelectual es una cuestión del más alto interés público. Mucha gente (empezando por ella) parece olvidarlo, pero no hay comisión parlamentaria más importante que esa.
Lo segundo es el ya clásico recurso a la victimización, incomprensible en su caso. Porque no, Rosa Torres: nadie la está acusando a usted de nada. No hace falta montar tanto drama. A lo sumo se le está señalando lo que es obvio: su amistad con chicas de la mafia; su presencia (en una discoteca, de farra aunque no le guste la palabra y en Madrid, en medio de un viaje oficial del entonces presidente electo Daniel Noboa) en un grupo del que también hacía parte Micaela Morales, la novia de El Marino, líder de Los Lagartos. No habría despertado tanta sospecha si no lo hubiera negado: “no las conozco”, mintió, y desató una catarata de suspicacias. ¿Por qué negarlo? ¿Por mala conciencia? ¿Sabía de las actividades de lavado de dinero que desempeñaban sus amigas? ¿Alguna vez le llamaron la atención los viajes (París, Roma, Dubai…), las marcas (Prada, Gucci, Hermes…), el estilo de vida? Y más importante: ¿qué hacían esas chicas de la mafia en medio de una gira oficial del presidente electo? Sólo preguntas, Rosa Torres, que bien haría usted en contestar en lugar de ponerse tan nerviosa.
Y, por último, la confusión abstrusa de papeles, su incapacidad de comprender en dónde está el conflicto. “Hoy, como asambleísta -despacha con desvergüenza en su último video- he impulsado una reforma profunda para transparentar los concursos de jueces, fiscales y notarios”. ¿No se da cuenta de que ese, precisamente ese es el problema? Rosa Torres, amiga de lavadoras de dinero, está diseñando el sistema para elegir jueces y presentando una reforma integral a la ley de la Función Judicial. ¿A nombre de quién? ¿Al servicio de quién? ¿A alguien le importa semejante conflicto de intereses en el bloque parlamentario de gobierno?