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Paul E. Palacios | La gloria es para siempre

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Nos ofrecieron la posibilidad de creer en nosotros, de no sentirnos menos que nadie

Si alguna persona de fuera de estos lares conociera Ecuador y Perú, no se explicaría cómo es posible que mantuviéramos sentimientos irreconciliables sino hasta hace poco. Como ningún otro par de países, con la excepción quizá de Argentina y Uruguay, somos tan parecidos. Salvo por una pequeña diferencia de acento, las personas podrían pasar desapercibidas en uno y otro país.

La historia recoge que un nacido en lo que hoy es Ecuador, fue el último inca, y que un presidente del Perú fue también un nacido en nuestro país. Por cierto, cuencano, al que hoy se respeta con una calle y el nombre de un aeropuerto, pese a que al mando de tropas peruanas fue derrotado muy cerca de su ciudad natal, pretendiendo anexarse lo que hoy es Ecuador.

No está de más decir que en la Batalla del Pichincha, al mando del coronel Andrés de Santa Cruz, combatió la División del Perú, donde murieron muchos peruanos por apoyar nuestra emancipación.

Pero la historia es así, con sus irónicas picardías; nos pasamos más de ciento cincuenta años entre escaramuzas, pequeñas guerras y atropellos.

Esa historia también da oportunidades para quien las aprovecha en el momento preciso.

Fue una mañana como la de hoy, el 10 de febrero de 1995: la defensa aérea había localizado blancos a 300 km, y nuestros aviadores -eran cuatro- enfilaron a las 12h49 para acudir a una cita con la gloria. Ellos se habían preparado durante todas sus vidas para ese momento, y el trabajo que debían cumplir no solo representó su esfuerzo y arrojo personal, sino el de cientos de ecuatorianos en cada uno de sus puestos.

La misión fue cumplida; unos minutos después hubo tres aviones peruanos que no regresaron a sus bases. ¿Sirvió de algo lo que ocurrió esa mañana? Sí, de mucho, nos devolvió el color a las mejillas, antes rojas de tantas bofetadas con las que nos habían acariciado. Nos ofrecieron la posibilidad de creer en nosotros, de no sentirnos menos que nadie.

Gracias a Dios, hoy somos naciones hermanas y hemos saldado nuestras cuentas.

Pero no olvidemos jamás el sentir que nos regalaron esos bravos, porque la gloria es para siempre.