Columnas

Centralismo, cadáver insepulto

"El reclamo de los habitantes del valle es uno más en la lista de inconformidades de diversos conglomerados (...)"

Recientemente leíamos que la Junta Cívica de los Valles de Tumbaco, Cumbayá, Bayón, Puembo y Pifo, tiene previsto conformar un cantón más de la provincia de Pichincha y deslindarse del Distrito Metropolitano de Quito. Su reclamo se centra en la falta de atención que reciben de parte del Municipio, así como en que la cantidad de obras que reciben no se compadece con los aportes que dichas parroquias hacen a la capital. La noticia conmocionó a la mayoría de los capitalinos anquilosados en el modelo centralista desde la época de la anexión a la Gran Colombia.

El reclamo de los habitantes del valle es uno más en la lista de inconformidades de diversos conglomerados, los que ante la falta de atención y pésima redistribución de los recursos por parte del gobierno central nacional, provincial o cantonal, de ser el caso, luchan por el legítimo derecho de ser los dueños de su destino y administradores de sus recursos. Así tenemos cómo Santo Domingo de los Tsáchilas y Santa Elena se separaron de Pichincha y Guayas respectivamente, para ser provincias autónomas.

El fallo del juez constitucional José Miguel Ordóñez, dándole la razón a la alcaldesa de Guayaquil en su reclamo para la devolución de los US$ 104 millones por concepto del Impuesto al Valor Agregado - IVA, que están indebidamente retenidos por el Ministerio de Rentas es una ratificación de las taras que caracterizan al centralismo como modelo de gestión y de gobierno. 

Las discrepancias con las normas legislativas, mal llamadas progresistas, aquellas que abrieron las puertas a la inseguridad e impunidad; las discrepancias referentes a la normativa que desincentivan la inversión, ratifican al centralismo como sistema arcaico.

El Bicentenario de la Independencia de Guayaquil es la oportunidad para retomar el pensamiento de Olmedo, Rocafuerte y Antepara; y el impulsar el movimiento federalista presente y latente en cada ecuatoriano que reclama el abuso y abandono del gobierno central, exigiendo tener la capacidad de decidir su destino y manejar sus recursos, es un deber patriótico, ya que el centralismo es un cadáver insepulto.