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Mauricio Velandia | Una lápida a Adam Smith: el Antitrust 5.0

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La reciente tensión comercial entre Ecuador y Colombia es apenas un ejemplo

Dos mujeres conversan en una terraza de París. Hablan de las gafas negras que lució Emmanuel Macron esta semana. Una dice que es puro estilo, una forma de proyectar autoridad. La otra sostiene que él adoptó la estética del jugador de póker, el que no deja ver sus cartas ni su mirada. Ambas coincidieron en algo más profundo, es que hoy los líderes usan la geopolítica para ganar en lo local, aun cuando el costo estructural sea alto.

Con todo lo que pasa esta semana en Davos, es claro que la economía actual dejó de ser un ejercicio de eficiencia para convertirse en un instrumento de poder por bloques. Las decisiones ya no se toman pensando en el bienestar, sino en términos de seguridad nacional, soberanía económica, control de precios y conveniencia estratégica, y todo bajo la nueva arma mundial, como los son los aranceles. El mercado dejó de ser un espacio de encuentro y se convirtió en un campo de batalla silencioso, con conveniencias locales y el eslogan ‘primero yo’.

El ser humano es conveniente, miren los presidentes. La psicología conductual lo demostró hace décadas. B. F. Skinner, profesor de Harvard, de línea conductista, probó que los comportamientos se moldean por premios, castigos y omisiones, bajo esquemas de refuerzo. Hoy los Estados actúan igual. Imponen aranceles, subsidios, sanciones, bloqueos tecnológicos y restricciones comerciales, los cuales funcionan como premios o castigos. Ya no es eficiencia, sino conveniencia. Tal vez siempre ha sido así

El derecho de la competencia, que intentó durante más de un siglo custodiar el libre mercado, tiene una evolución que nadie puede negar. En su primera etapa combatió los carteles clásicos (antitrust 1.0). En la segunda, los abusos de posición dominante (antitrust 2.0. En la tercera, abrazó la eficiencia económica (antitrust 3.0.) En la cuarta, intentó domesticar a las plataformas digitales y el poder de los datos (antitrust 4.0).

Pero ese ciclo se agotó. Estamos en presencia de un antitrust 5.0, donde la competencia deja de ser un fin en sí mismo y pasa a tener justificaciones de soberanía y seguridad nacional bajo un ropaje de geoeconomía. Las sanciones comerciales sustituyen a los acuerdos de precios. Los controles de exportación reemplazan las barreras de entrada. La política industrial suplanta al mercado. Y las más visibles: con los aranceles los precios cambian y las barreras a los mercados locales cambian en todo el mundo.

La reciente tensión comercial entre Ecuador y Colombia es apenas un ejemplo. Una decisión arancelaria, aparentemente técnica, generó efectos sistémicos en sectores críticos como la energía, revelando hasta qué punto las economías están hoy interconectadas y vulnerables. De pronto viene el apagón porque algunos se creen Trump, dañando lo local sin previsión.

Por eso aquellas dos mujeres que hablan en París, al mirar las gafas negras de Macron, coincidieron en su diagnóstico final. Macron necesita gafas para ver que perdió poder en Francia y que Adam Smith tiene una lápida encima. Lo que emerge es el Antitrust 5.0, una nueva etapa del libre mercado.