Mauricio Velandia | La caverna regulatoria latinoamericana
Los mercados deben ser vistos con frialdad regulatoria y constitucionalismo soberano
En Gwanghwamun, Korea, bajo la mirada del almirante Yi Sun-sin, dos personas observan un robotaxi chino deslizarse sin conductor. Uno dice que esa tecnología proveniente de China arruinará todo con su proteccionismo. El otro suelta una risa y le dice que eso no es proteccionismo sino estrategia de Estado.
Y no exagera. China no está ganando la carrera económica por azar. Desde 2016 multiplicó todo con fuerza regulatoria, resolvió 20.000 solicitudes de medicamentos en dos años y redujo la aprobación de ensayos clínicos de 501 a 87 días. Hoy realiza un tercio de los ensayos del planeta. En robotaxis, más de 50 ciudades permiten pruebas abiertas; su flota cuesta 40.000 dólares, un tercio del modelo estadounidense. Todo ello sostenido por una política industrial coherente, como es crédito barato, sensores públicos en 1.700 intersecciones, repatriación de talento y una idea simple y brutal, como lo es el nuevo rol constitucional de un Estado en practicar y avalar una regulación preferente, constitucionalmente soberana.
EE.UU. no se queda atrás y emite regulación que suaviza la carga de las empresas estratégicas.
Mientras tanto, en América Latina nuestras cortes siguen leyendo a Chicago, pero no sé si abren un periódico en geopolítica. Se aferran al dogma de ‘evitar distorsiones’ y repiten que cualquier ayuda estatal o proteccionismo es un sacrilegio contra la competencia. No ven -o no quieren ver- que EAU subsidia chips a niveles bíblicos, que la UE financia sus campeones verdes y que China arma ecosistemas enteros de biotecnología y movilidad autónoma, protegiendo naciones. Allá, la política industrial es un instrumento constitucional; aquí seguimos discutiendo en la corte si es moralmente aceptable y se confunde la neutralidad regulatoria con omisión regulatoria. Las cortes podrían interpretar la competencia como instrumento soberano, no como dogma.
La paradoja es sorpresiva. Los mismos jueces que proclaman defender al consumidor desconocen que los países líderes están construyendo soberanía tecnológica con una intervención activa del Estado. No se trata de capricho ideológico, sino de un principio elemental actual y contemporáneo, donde sin regulación preferente no existe industria estratégica. Pero las sentencias no están leyendo los mercados.
El robotaxi que pasa frente al héroe de Joseon es la metáfora perfecta. China creó competencia interna feroz, subsidió sensores, abarató los costos de los líderes y controla más del 90 % del mercado mundial. Luego exporta tecnología a países donde seguimos revisando la economía con una linterna de caverna. Y mientras nosotros debatimos si apoyar sectores clave ‘atenta contra la competencia’, otros licencian fármacos chinos por 1.250 millones de dólares y consolidan campeones nacionales y globales.
En la escena final de los dos colegas que conversaban en Seúl, el defensor del libre mercado habla de nuevo, indicando que en su caso, sí acepta la medicina china que fue lo único que mejoró a su mamá. El otro, sin voltearse, sentencia que todos somos doctrinarios hasta que nos duele.
La economía no es un examen de teoría. Los mercados deben ser vistos con frialdad regulatoria y constitucionalismo soberano. El futuro no lo diseñan los puros, sino los que ven.