Gustavo Noboa Bejarano

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Gustavo Noboa Bejarano

Gracias por todo, profesor querido, y si puede, envíenos trozos del cielo para iluminarnos el camino.

Todos los domingos, contento y de la mano con María Isabel, su esposa, llegaba a misa. Lo recuerdo así, apresurado y silbando, siendo puntual, llegando a tiempo a la iglesia de María Auxiliadora en el barrio del Centenario. En ese barrio vivíamos, y allí nos vio a crecer a todos; éramos un puñado de muchachos, hijos de sus amigos y desconocidos, a quienes podía identificar sin confusión.

Fue fiel a una fe que compartía en comunidad, pero preferentemente con jóvenes porque estaba convencido de la frescura de sus almas en las que, como buen lienzo, le resultaba más fácil escribir acerca de Dios.

Su sentido del humor lo llevó a la cátedra universitaria, pero no olvidó la disciplina. Lo recuerdo reprendiendo a los alumnos, sin cruzar el respeto a la dignidad de sus estudiantes.

Su prestancia, ejerciendo el rectorado, emergió entre toda la población de autoridades como el líder, el guía, el cálido y accesible rector de nuestra universidad.

Gustavo Noboa Bejarano fue creciendo como maestro ante varias generaciones. Enseñó con su conducta. Fue padre, esposo, maestro y político. Su experiencia pública se inició siendo un muy buen catequizador, luego el rector de la UCSG, gobernador, y finalmente presidente de la República. Asumió la presidencia en medio de la crisis económica y política más grave del país. Se posesionó porque sucedió al expresidente Mahuad, quien fue derrocado. Derrocamiento que dejó un gobierno de hecho -gracias a Dios solo por horas- representado por Antonio Vargas H. -líder de la Conaie, a Lucio Gutiérrez, militar y a Carlos Solórzano Constantine -expresidente de la Corte Suprema de Justicia.

Con la sucesión, el presidente Noboa restituyó el Estado de Derecho y plasmó la huella de haber sido un presidente honesto.

Supo identificar, con altura, a sus perseguidores. Se defendió con honor. ¡Ay de esos a quienes quiso como a hijos, y quienes rendidos ante la tenebrosa necesidad de aplastar al prójimo, se convirtieron en sus traidores más bajos!

Gracias por todo, profesor querido, y si puede, envíenos trozos del cielo para iluminarnos el camino.