Columnas

Yerovi

¿Es mucho solicitarles a los 21 candidatos que pidan, con la misma fe, esos tres deseos?

Es apasionante volver a escribir una columna sobre el caballero, Clemente Yerovi Indaburu a los tres años de haber escrito sobre él, pero amerita su espacio en la saga de presidentes ilustres que me propuse escribir en nuestro mes juliano, que pasa desapercibido entre tanta corruptela, tanta manipulación, tanta incertidumbre, tanto egoísmo y tan grande crisis. Por eso, urge que recordemos quiénes somos, qué grandes aportes ha dado Guayaquil cuando valiosos hombres han iluminado las tinieblas.

Yerovi llegó al poder tras un cruento paro de nueve días, en una fuerte crisis económica, con universidades al borde del colapso, presos políticos, muertos y muchos heridos por la rebelión popular del 29 de marzo del 66. Por eso el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas cesó en sus funciones a la Junta Militar y encargó la presidencia interina a Yerovi, banquero guayaquileño. Siete meses y medio para perdurar en la memoria de los ecuatorianos y ante situaciones de crisis internas, decimos que Ecuador necesita otro Yerovi.

Su padre fue cónsul de nuestro país en Barcelona, España. Cuando él nació, lo registró como ecuatoriano, como manda la ley. Su vida de éxito empresarial se desarrolló entre el ámbito comercial y marítimo, la administración ejecutiva de empresas agrícolas, bancarias; y por encargo del gobierno de Arosemena Monroy y de la dictadura militar, dio paso al Plan Nacional de Desarrollo al presidir la Junta Nacional de Planificación en 1962. No voy a repetir su obra pública, sí su mentalidad de comercio exterior que sentó las bases de los acuerdos comerciales al firmar el Pacto Andino, al crear la flota bananera, impulsar la producción bananera.

El Puerto Marítimo de Guayaquil debería llevar su nombre, no el de quien atentó contra la voluntad libérrima de los guayaquileños. En sus memorias escribió que cuando subió al solio presidencial quería ser recordado como un buen hombre y pidió a Dios solo tres favores: no tomarle amor al poder, llegar a la Constituyente del 67 y equivocarse lo menos posible. ¿Es mucho solicitarles a los 21 candidatos que pidan, con la misma fe, esos tres deseos?