Columnas

El cuento chino que echa el Gobierno

'El resultado parece claro: el gobierno de Moreno extravió el rol histórico que tenía por delante'.

A pesar del coronavirus… El drama del Ecuador es tener políticos que estando en un cargo, en vez de ejercerlo, pasan el tiempo haciendo estrategias para estar en otro. Es exactamente lo que ocurre con el gobierno de Lenín Moreno. Otto Sonnenholzner, su vicepresidente, está en campaña. Y el secretario del Gabinete, Juan Sebastián Roldán, está pensando en si presentan o no, como Gobierno, un candidato en las próximas elecciones. Lo dijo en el debate Sé+, moderado por Carlos Vera, en el que participó el jueves pasado en Guayaquil, junto a Jaime Nebot

Basta con descomponer el discurso de Roldán para abrazar el absurdo. Desde que se instaló en el poder, el morenismo sabía que debía ser un gobierno de transición: del autoritarismo a la democracia y del estatismo a la economía de mercado. Una tarea definida, decisiva y en la cual, de hacerla bien, no podía aspirar a tener buenos números en los sondeos. Se trataba de poner los relojes a la hora y eso es necesario pero no popular. Los gobiernos de transición tienen que gastar sin remedio su capital político.

Lenín Moreno hizo parte de la tarea en el campo político: el país volvió a gozar de las libertades y el presidente se distanció de la imagen y de las acciones del macho alfa que lo precedió. Pero se quedó de año en el resto: no emprendió las reformas estructurales que el país requería. Su trabajo era forzar esos acuerdos necesarios (o esas coincidencias como dice Jaime Nebot, quien cree que cambiando el nombre, cambia la sustancia) para cimentar un camino sostenible a la economía. Moreno quemó el capital político en bagatelas y cuando, forzado por la estrechez económica, quiso eliminar los subsidios a los combustibles, no tuvo la capacidad de sostener la decisión.

Sin embargo, esos acuerdos (o esas coincidencias) siguen siendo necesarios en el país. Los sigue necesitando el Gobierno para hacer las tareas a las que se comprometió con el FMI. O para hacer frente a la pesadilla del coronavirus. En claro, el Gobierno tiene, por las circunstancias, su propia ineficiencia y el tiempo perdido, un enorme trabajo por delante. ¿A qué hora puede hacer campaña? ¿Y para qué quiere poner un candidato? El secretario del Gabinete dijo que lo pondrán si consideran que no hay un candidato que pueda vencer al correísmo. El absurdo no solo es conceptual sino político. Uno: si querían anular las posibilidades políticas del correísmo, tuvieron tres años para explicar y mostrar cuál fue su herencia. No lo hicieron. Dos: si querían quebrar las lógicas que tienen bloqueado al país (entre ellas la correísta), tenían que jugarse en ello el capital político cuando lo tuvieron. No lo hicieron porque nunca actuaron como un gobierno de transición. Tres: si quieren vencer al correísmo, ¿lo quieren hacer con un candidato proveniente de un gobierno terriblemente impopular, e impopular por la fama que se granjeó de indeciso y timorato? Vencer al correísmo: no ahora con acciones sino en las elecciones. Es así que Juan Sebastián Roldán plantea el supuesto dilema que, en ese punto, atraviesa al Gobierno.

El resultado parece claro: el gobierno de Moreno extravió el rol histórico que tenía por delante. Y ahora quiere conceptualizar su propia ineficiencia en algunos campos; el económico entre ellos. Lo hace argumentando por qué lo que no hace desde el gobierno poniendo todo sobre el asador, lo piensan hacer compitiendo en la próxima campaña electoral. Es un cuento. Lamentablemente la vida no se parece a la literatura: solo Cortázar podía decir que quizá hay que “vivir absurdamente para acabar con el absurdo”.