La tierra baldía: 1922-2022

  Columnas

La tierra baldía: 1922-2022

"En sus versos se escuchan sucesivamente las grandes voces de la tradición cultural en el habla de un ciudadano del siglo XX, que producen paradójicamente nostalgia e ironía"

Me encontré con La tierra baldía (’The Waste Land’) de T. S. Eliot en la década de los setenta del siglo pasado por consejo casi imperativo de Iván Carvajal. Hasta ahora sus versos vienen una y otra vez a mí.

Eliot convoca la imaginación sensitiva, sinónimo de creación poética. En sus versos se escuchan sucesivamente las grandes voces de la tradición cultural en el habla de un ciudadano del siglo XX, que producen paradójicamente nostalgia e ironía al vivir en una calle de Londres, a la vez, la experiencia cristiana de la vida como posada pasajera, la sorpresa de Dante en el infierno al encontrar a sus contemporáneos muertos y la iniciación del típico rito del descenso al mundo de abajo que tanto Ulises, Eneas como Jesús realizaron y que emprenden nuestros primos mexicanos cada día de difuntos:

“Ciudad irreal/ bajo la parda niebla de una madrugada de invierno,/ la multitud fluía sobre el Puente de Londres, tantos/ jamás pensé que la muerte hubiese deshecho a tantos./ Exhalaban suspiros breves, espaciados, / y cada uno iba con la mirada fija delante de los pies./ Fluían colina arriba y hacia abajo por King William Street,/ hasta donde Saint Mary Woolnoth daba las horas / con un sonido muerto en el golpe final de las nueve” .

De La tierra baldía se dice que es el mejor de los poemas del siglo XX. No importa. Su poder de evocación es fascinante. Pero es el resultado del uso de la tradición, no como recurso erudito, sino como la presencia instantánea en la conciencia de ritmos y de imágenes que abren nuevos paisajes emocionales. Un poema como La tierra baldía no es un intermediario para explicar la realidad sino la misma realidad aconteciendo.

Todo gran poema otorga una “clarividencia aterradora”, decía Eliot a propósito de Shakespeare. Por supuesto que La tierra baldía es el fracaso de la primavera, de la redención en la tierra, de la pérdida de la fertilidad, que no registra la existencia cotidiana pero percibe: “Abril es el mes más cruel, criando/ lilas de la tierra muerta, mezclando/ memoria y deseo, avivando/ raíces sombrías con lluvias de primavera”.